Editorial

¿Quién incita a la violencia?

jueves, 31 de octubre de 2019 · 00:14

Resulta no sólo amedrentador sino también paradójico que sea el mismo ministro de Gobierno, a cargo de la seguridad y de las fuerzas del orden, quien sentencie ante los medios que todos los ataques a ciudadanos inocentes que hemos visto en estos días en las principales ciudades del país son culpa del candidato Carlos Mesa y que “el único proyecto de los fascistas es el odio racial”.

Resulta amedrentador porque entraña una amenaza explícita a todos quienes se han levantado en protesta por las irregularidades de una elección que la administró única y exclusivamente el Gobierno y que ha dado más de una señal preocupante de haber estado mal conducida; amén de mencionar que fue dirigida por un nefasto y obsecuente grupo de vocales electorales que no fueron capaces de preservar uno de los bienes más preciados de la democracia: la credibilidad y legitimidad del Órgano Electoral.

¿Si la serie de irregularidades en los comicios, a lo que se añade el previo desconocimiento de los resultados de un referendo en 2016, produce  indignación es un complot del fascismo, de la derecha o de quién sea?

Ojalá fuera tan simple. El Gobierno no  quiere ver lo que provoca en la gente el abuso, el autoritarismo, la falta de fe y  el burlarse de la voluntad popular. No lo quiere ver y prefiere acudir a su acostumbrada (y efectiva) estrategia de polarización: los buenos, ellos; los malos,  todos quienes los critican o no los apoyan.

Es conocida la estrategia del divide y vencerás: enfrentar a collas y cambas en Santa Cruz y decir que todo el movimiento que insufla el paro cívico es puro “odio contra el migrante, contra el colla, contra el humilde y el que tiene otro color de piel”. Qué falta indignante de respeto contra el pueblo cruceño que recibe de brazos abiertos a los migrantes desde hace décadas, como le consta al propio ministro Romero.

En Cochabamba las hordas de masistas paramilitares que masacraron a un joven en un barrio, se armaron de hondas y piedras,  y acorralaron a los ciudadanos, resulta que eran pandilleros fascistas.

En La Paz, cambia ligeramente, y es un odio contra el campesino, contra las polleras. Haciendo la vista gorda de las hordas de mineros que trajeron a la sede de Gobierno y armaron con dinamitas  para defender a Evo y luego grupos armados de chicotes que ensangrentaron el centro paceño.

La estrategia negacionista, la distraccionista, la polarizadora... y cuantas otras más se despliegan en sigilo (como los agentes cubanos que se infiltran en todos los movimientos con fines que todos adivinamos) mientras las autoridades se dan el lujo de decir que quienes confrontan a los bolivianos son lacayos de Mesa, del “comiteísmo”,  parte de una oscura conspiración del Tío Sam o finalmente inspirados por el odio racial; que  todos quienes no quieren aceptar que se imponga una elección que inspira desconfianza (una desconfianza que ellos, junto con el TSE que eligieron, tenían la responsabilidad de evitar) merecen ser descalificados, estigmatizados. ¡Qué pobre lectura de la realidad!

Lo malo de toda estrategia es que en la repetición pierde fuerza, y de tanto usar el ejercicio de la realidad paralela, el Gobierno no sólo siembra dudas, sino que no convence a nadie. ¿Alguien, algún boliviano que ha recorrido en estos días las calles puede dudar que la gran mayoría de las personas que bloqueaban y gritaban defendiendo su voto eran ciudadanos comunes, vecinos y no militantes partidarios? El Gobierno y su ministro nos quieren decir que no, que todos están guiados por el candidato Mesa cuando bien sabemos que gran parte de la gente que votó por él fue contra el MAS, contra Evo y sus excesos.

No sabemos cómo acabará esta pulseta entre los adeptos a Evo -una mitad del país- y todos los bolivianos que se cansaron de su retórica y, más importante aún, de su autoritarismo y abuso; pero, lo que podemos concluir tristemente en estos días, es que nuestras autoridades no gobiernan para todos los bolivianos sino, únicamente, para quienes los quieren a ellos, indefinidamente en el poder.

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