Editorial

Greta, la estrambótica ambientalista

lunes, 7 de octubre de 2019 · 00:15

 En un mundo adultocéntrico, inmediatista, hiperindividualista, y afecto a la retórica y  la consigna sin contenido, la irrupción de una adolescente sueca, con síndrome de Asperger, ambientalista radical que no transa en su interpelación al poder y a la sociedad civil para tomar acciones por un planeta casi acabado, es más una excentricidad que una oportunidad de reflexión.

Acostumbrados como estamos a las imágenes que impactan y a los discursos que se dicen y no se cumplen, la relación de gran parte de la humanidad con el medioambiente está mediada por los extremos: o el alarmismo de corto plazo, o la comodidad personal.

Por ello, desde que surgió en escena esta joven, con cara de pocos amigos, sin ambages y totalmente contundente en sus palabras; que además, extrañamente, practica lo que predica, más que solidaridad y empatía provocó sospechas. ¿Quién le paga?, ¿quién la auspicia?, ¿a qué intereses obedece?, ¿por qué esa obsesión lunática con el fin del mundo?

También es objeto de suspicacia su origen (Suecia es uno de los países más ricos del mundo), su estatus económico (no es pobre) y su raza (es rubia)... porque en estos tiempos para que alguien pueda abanderar una causa es mejor si es pobre, de una raza discriminada, de un país paupérrimo, víctima o sobreviviente.

Greta no cumple con ninguno de los requisitos para hacerse creíble e incluso quienes le llegan a prestar atención pueden ser mal vistos porque no toman en cuenta su condición: un autismo que la hace tener fijaciones compulsivas y por el que, en vez de estar en estrados y medios de comunicación, debiera ser compasivamente tratada. 

Es siempre mejor invalidar al mensajero para no escuchar el mensaje. Han salido, por decenas, los opinadores –casi todos adultos– para decir que o está trastornada o está siendo manipulada o, mejor aún, sus palabras carecen de sustento. Alguno dijo que las vacas “no generan carbono” sino  que el carbono “pasa a través de ellas”; que “cada canadiense, por ejemplo, sube a la atmósfera el triple de gases que cada argentino y cada estadounidense, más del doble. Hasta cada chino, supuestamente pobre y por ende menos consumidor, emite más gases que cada argentino”. O sea que con el ganado, todo bien.

También se ha dicho que el cambio climático es una creencia, que no es real; o que sí, existe pero que poco se puede hacer para evitarlo.

No es para sorprenderse. Desde que se ha empezado a interpelar a los gobiernos por su doble moral; a exigir compromisos y resultados; desde que se han tocado intereses políticos, económicos y costumbres arraigadas, se ha impuesto la estrategia del negacionismo, el relativismo y, más importante, la de lavarse las manos, mirar a otro lado y apuntar a los demás.

Son familiares los argumentos de Trump, que cree que el cambio climático es un invento de los chinos para ganar la guerra comercial; o de Bolsonaro, que afirma que la Amazonia no es pulmón del planeta; o de Álvaro García, cuando decía que los que contaminan son otros y que no tenemos por qué ser guardaparques de los gringos; o, más recientemente, de Evo que sostiene que los incendios  son producto del cambio climático, como si este fuera una condición frente a la cual no se puede actuar sino solamente esperar la fatalidad.

Greta se ha vuelto un referente internacional  desde que comenzó a faltar los viernes a su escuela para reclamar por el clima frente al Parlamento sueco. Hace unos días, habló en la cumbre del clima en Naciones Unidas, ante los principales líderes mundiales y los interpeló por su doble moral: “Estamos en el comienzo de una extinción masiva y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno”, dijo.

Quizás es momento de dudar más de nosotros mismos y de lo que hacemos en vez de sospechar de una joven que nos dice que lo que queremos oír; quizás es  mejor dejar de hurgar en Greta y sus razones, para hurgar en nosotros mismos y nuestras acciones. 

 

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