Editorial

Nubarrones en el campo económico

martes, 08 de octubre de 2019 · 00:15

Uno de los temas que ha estado virtualmente ausente de la campaña electoral es el de la economía. Ningún candidato ha deseado meterse en las honduras de la situación financiera boliviana, por razones obvias: es un asunto espinoso, que probablemente lleve a las autoridades, ya sean del actual o de un futuro gobierno, a tomar decisiones impopulares.

Uno de los temas principales es el de los hidrocarburos. Debido a que Bolivia obtiene líquidos (es decir, gasolina), del gas que exporta, cuando bajan los volúmenes de ésta, baja también la cantidad de gasolina obtenida.

Actualmente, el país vende 15 millones de metros cúbicos diarios de gas a Brasil, la mitad de lo que exportaba hace cuatro años. Ergo, al tener menos líquidos disponibles, el Estado se ve obligado a importar mayores volúmenes de gasolina. Y mientras más aumenta la actividad agroindustrial en Santa Cruz, más se requiere importar diésel. Por lo tanto, actualmente, el país casi importa la misma cantidad de hidrocarburos de la que exporta.

En estas circunstancias, que aumente el precio del petróleo internacionalmente no implica una buena noticia para las finanzas bolivianas, ya que más recursos se deberán erogar para importar gasolina y diésel. Hay que añadir que el país importa cada litro de gasolina a un precio de alrededor de un dólar  y lo vende internamente a medio dólar. Lo mismo sucede con el diésel. Debido a ello, la subvención a los hidrocarburos es cada vez más alta.

En algún momento las autoridades deberán dejar de subvencionar esos carburantes, pero sería una medida de preocupantes consecuencias políticas.

Mantener el precio de la gasolina subvencionado y lograr que la economía siga funcionando, obliga a mantener un déficit fiscal elevado, más aún con menos recursos provenientes de la exportación de gas. Lo que hace el actual gobierno es mantener una elevada inversión pública, para seguir fogoneando a la economía y lograr un nivel de crecimiento de alrededor del 4%. Eso se debe a que la inversión privada es muy baja, y la externa, casi nula.

Para conservar esos niveles de alta inversión pública, lo que el gobierno hace es usar sus reservas internacionales, por un lado, y endeudarse, por otro. Pero llegará el momento en que ese modelo será insuficiente. El déficit fiscal (no poder cubrir los gastos del Estado) está ya en 7,8% del PIB, el más alto de Sudamérica, y alcanzará en 2019 a 3.300 millones de dólares. A éste debe sumarse el déficit comercial (importamos más de lo que exportamos), que se ubica en torno a los 1.000 millones de dólares.

El otro asunto que preocupa a los especialistas es el del tipo de cambio. El gobierno actual anuló una medida sabia del período anterior, las minidevaluaciones. Éstas eran establecidas, con trabajo de relojería, por el Banco Central. 

Esas minidevaluaciones no generaban preocupación a la ciudadanía y hacían que la economía se adaptara con flexibilidad a los remezones externos e internos. 

La gestión económica actual, entre los legados complicados que dejará a futuras generaciones, está precisamente el hecho de haber generado la idea de un precio del dólar fijo. En Bolivia existe, ya por casi siete años, una paridad de 6,96 bolivianos por dólar. 

Ello funcionaba mientras el país tenía más divisas, producto de los elevados precios y volúmenes de gas exportados a Brasil y Argentina.

Una vez que esas divisas se han reducido, es más difícil mantener esa paridad. En algún momento, si se agotaran las reservas internacionales o el país no pudiera seguir endeudándose, el precio de 6,96 bolivianos por dólar debería moverse. 

Todos los países de la región han devaluado sus economías para hacerlas más competitivas, excepto Bolivia. Si el país decidiera devaluar (se cree que el rezago es de 30%), podría desencadenarse una espiral de desconfianza y devaluaciones desbocadas. De haber mantenido el sistema anterior, el dólar estaría hoy bordeando los nueve bolivianos, pero no habría crisis alguna. El boliviano sobrevaluado, además, les resta competitividad a las pocas exportaciones bolivianas no tradicionales.

Con todo esto, el panorama económico no se ve alentador bajo ninguna circunstancia y, venga el gobierno que venga, tendrá que plantear ajustes.
 

 

Confidencial

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