Editorial

21 días para el recuerdo

miércoles, 13 de noviembre de 2019 · 01:00

Han sido 21 días de angustia, dolor y zozobra, pero también de importantes constataciones.

Primero, de la tenacidad del pueblo boliviano para no dejarse vencer ni por el miedo ni por el cansancio. Desde que empezaron las protestas, al día siguiente de las elecciones generales, ciudadanos de todas las edades, procedencias y tendencias, permanecieron en las calles resistiendo y batallando bajo la consigna de defender su voto y la democracia.

El 20 de octubre, el compromiso democrático fue, como suele suceder en Bolivia, impecable. Sin embargo, cerca de las 20 horas del domingo, cuando se interrumpió inexplicablemente el conteo electoral y se presentó, primero el silencio y luego las poco convincentes explicaciones del Tribunal Supremo Electoral (TSE) sobre las irregularidades en el conteo, la indignación fue creciendo.

El Gobierno dijo que las sospechas de fraude estaban gestadas antes de la elección, y tuvo razón. Mucho antes, desde 2016 cuando se violó la voluntad popular en el referendo de 2016, la desconfianza en el TSE solo fue alimentándose con una y otra expresión de sometimiento al oficialismo. La habilitación ilegal del binomio oficialista y luego la desequilibrada campaña electoral, en la que el MAS hizo abuso de recursos públicos y se desoyeron todos los reclamos de la oposición, crearon el terreno fértil para que los bolivianos acrecentaran su susceptibilidad.

No se puede ir a una elección en la que no se tiene credibilidad y confianza; sin embargo, a pesar de ello, el pueblo boliviano y los partidos de oposición concurrieron, para comprobar luego que las cartas habían estado marcadas.

El MAS, que pudo ganar o perder la elección limpiamente, prefirió no correr riesgos y, seguros de su poder y la sumisión de sus funcionarios y acólitos, "metió mano" de forma burda a los comicios, tan burda que a dos días de la elección ya varios organismos internacionales como la OEA -que luego fue convocada para una auditoría- y la Unión Europea -sobre la que pocas sospechas se pueden arrojar- anunciaron su preocupación y sugirieron una segunda vuelta.

No se escuchó el consejo: la soberbia del poder pudo más que la admisión del mínimo indicio de culpa. Eso y el menosprecio mostrado a la ciudadanía movilizada bajo el argumento del racismo y el separatismo fueron el caldo de cultivo para la indignación. Una indignación que creció hasta que expulso a Evo Morales de la presidencia.

Y acá viene la segunda reflexión: ¿en qué momento el MAS se olvidó de su esencia?, ¿cuándo el proceso de cambio se convirtió solamente en una estrategia de perpetuación en el poder a cualquier precio?

No cabe duda que esta gran victoria democrática viene con una derrota, no solamente de Morales y del MAS, sino de todos los que creyeron sinceramente en el cambio que se  les prometió.

Evo fue el depositario, en principio, de la sed de cambio, justicia social e inclusión de los sectores populares e indígenas en la vida del país. Como nunca antes, impulsó una transformación que no podía ser postergada. Esas y otras transformaciones se hicieron posibles gracias a un proyecto político que contó además con la bendición de una excepcional bonanza económica.

Sin embargo, en algún momento, el medio se convirtió en el fin, y la democracia solamente en un instrumento de permanencia en el poder que nubló toda conquista.

Desde 2016, la única motivación fue el poder por el poder y Evo empezó a vivir su propia realidad, una realidad que, hasta el día de su renuncia, no se compadeció más del sentir de la gente; no de sus convencidos, sino del resto de un país al que también representaba.

Y ese fue el principio de un final que no hubiésemos ni soñado ni querido: un Gobierno, un Evo, de espaldas al pueblo, incapaz de sintonizar, de escuchar, de revisarse, de entender.

Las palabras finales, las de una renuncia obligada y peleada, son emblemáticas: no hubo un ápice de autocrítica, de verdadera reconciliación, de humildad; únicamente victimización y lenguaje divisorio.

Ahora llega un momento de recuperar esa bolivianidad que se ha expresado en las calles y no permitir ninguna expresión de racismo ni discriminación.

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