Editorial

El día después de mañana

jueves, 14 de noviembre de 2019 · 00:21

Provocadas por otros, planificadas o autoinflingidas las heridas de estos días tardarán mucho en cicatrizar. Han sido, y son aún, días de zozobra, de incertidumbre.

Si alguien pensaba que la tensión se desinflaría con la renuncia de Evo Morales y García Linera, y que la convocatoria a nuevas elecciones sería un camino llano y expedito, se equivocó.

Primero, porque a pesar del fraude constatado y de todo el historial de abusos que se vivió durante los últimos años del gobierno de Morales, alrededor de un 40% del país lo apoya y, con ese lenguaje divisorio que ha cultivado su Gobierno, ese porcentaje de bolivianos se siente indefenso sin su presencia.

No es para menos: desde el MAS no sólo se hizo un trabajo de inclusión social e importante incorporación de sectores marginados a la vida pública; no sólo se redujo la pobreza y se promulgó una importante cantidad de leyes contra la discriminación, el racismo y la violencia que, aunque no han sido suficientemente implementadas, constituyen un patrimonio importante para todos. Al mismo tiempo se alimentó un mundo polarizado, donde los que no estaban del lado del MAS eran enemigos y, más que eso, representaban un peligro inminente.

¿Cómo, entonces, no entender que los sectores indígenas, campesinos, populares, que no han sido por otro lado suficientemente incorporados a la educación y la salud, no sientan temor frente a lo que se viene sin Evo?, ¿no les han dicho Evo y Álvaro que cuando ellos no estén el sol se va a esconder y los gringos van a venir a matar a las wawas, entre otras muchas amenazas trastornadas? Esos mensajes, que han sido motivo de espanto y de burla para las clases medias urbanas, son totalmente efectivos para pueblos históricamente postergados y discriminados, a los que nunca les llegaba ni una mirada del Estado, menos la presencia constante de un presidente. Porque si algo ha hecho Evo es recorrer el país, estar con la gente de cada pueblo y rincón de la Patria.

Así como las clases medias urbanas, que sí, no son menos importantes y numerosas, el temor era la permanencia de Evo en el poder porque implica perder la democracia y convertirnos en una Venezuela, para los otros sectores el fantasma del racismo y la exclusión es igualmente aterrorizante.

Entonces, claramente tenemos que entender dos cosas: 1) Lo práctica que es la estrategia del golpe racista que ha instalado el MAS; y 2) la necesidad u obligación de restituir la confianza y el respeto entre todos los bolivianos, tratando de reconstruir un tejido social en el que todos nos veamos como lo que somos, hijos de una misma tierra.

No es suficiente decir que no hay móviles racistas en la lucha por recuperar la democracia e impedir la perpetuación en el poder de Evo Morales; es imperativo que eso se traduzca en señales claras y sinceras.

Por eso, se debe exigir que se dé cumplimiento a la ley contra la discriminación, enjuiciando a las personas que ejercen acciones discriminatorias o discursos racistas, vengan de donde vengan. Por lo mismo, hay que identificar a las personas que cometen actos de violencia, físicos o simbólicos. Esta es la única respuesta posible para frenar la crecida del racismo.

En los países europeos, los discursos de odio son delitos, en cuanto sean públicos. Así que, ¿por qué no poner fin a los llamados y discursos de desquiciados y obligar a los medios de comunicación a que no los difundan?

No se puede criminalizar a tanta gente que ha sido adoctrinada y manipulada por tanto tiempo. Pero sí se puede identificar y enjuiciar a las personas que llaman a la violencia física y simbólica. Hasta ahora, siguen teniendo la palestra abierta en los medios y en las comunidades. Eso se puede y se debe frenar.

Solo así, y con mucho esfuerzo, iremos recuperando esa confianza que nos permitirá la convivencia pacífica entre diversos, como somos los bolivianos y casi todas las sociedades del mundo. Sólo así podremos privilegiar los valores democráticos y no dejarnos convencer, nunca más, por la retórica del amigo enemigo, tan efectiva para dominar y tan difícil para sanar.

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