Editorial

El estallido social en Chile

sábado, 02 de noviembre de 2019 · 00:14

Chile, el país de mayor crecimiento y con una de las economías más sólidas de la región, se ha convertido en un polvorín. Desde hace casi dos semanas se registran manifestaciones, bloqueos de calles, avenidas y carreteras, cabildos y otras formas de protesta. Las movilizaciones han incluido también actos que se pueden calificar como vandálicos, como incendiar 22 estaciones de metro y varios edificios públicos, y promover saqueos de supermercados. Han muerto 19 personas, casi todos ellos producto de los incendios.

La primera reacción del gobierno de Sebastián Piñera fue apelar a la represión. Se declaró estado de emergencia y de sitio y los militares salieron a las calles a poner orden, con poco éxito. La represión policial  fue excesiva, hasta que el Gobierno entendió el mensaje y adoptó un lenguaje y un estilo más moderados. Incluso Piñera llegó a pedir “perdón” por la situación en Chile. Luego las protestas se fueron pacificando y llegó a organizarse una, de tipo pacífico y festivo, a la que asistieron 1,2 millones de personas sólo en Santiago, la más grande de la historia de ese país.

La crisis se activó por un problema por el aumento de 800 a 830 pesos chilenos al pasaje de metro en horas pico. Pero eso era sólo la punta de iceberg. Chile vive una situación paradójica: es el país con menos pobreza de la región, pero es también uno de los más desiguales. Y eso terminó haciendo explotar la situación. El 1% más adinerado del país controla el 26,5% de la riqueza mientras que el 50% de los hogares de menores ingresos accede solo  al 2,1%. Aparte de la desigualdad crónica, son varios los problemas que afectan a los chilenos y que explican el estallido de violencia. Uno de ellos es el sistema previsional, una herencia de Pinochet, cuyo gobierno inventó el sistema de las AFP, luego exportado a otros países. En Chile, pese a las gigantescas ganancias que tienen esas empresas, las pensiones son muy bajas, generalmente inferiores al sueldo mínimo.

También la salud es muy cara y el sistema público, aunque mejor a los de otros países, presenta muchas falencias. Relacionado a esto está la colusión entre las grandes cadenas de farmacias, que han hecho acuerdos para mantener altos los precios de los medicamentos y otros productos. Las sanciones que han recibido por estas prácticas han sido risibles.

Otro problema son los aumentos de los precios de los servicios. Días antes del inicio de las protestas por el precio de los boletos de metro, el Gobierno  aumentó el 10,5% las tarifas de la energía eléctrica.

El sistema tributario es también fuente de críticas, ya que no es suficientemente progresivo y el 1% más rico paga impuestos relativamente bajos. Además, cuando las empresas cometen fraude y evaden el pago de impuestos, las multas son bajas, comparadas con las que reciben las pequeñas compañías.

Finalmente, los sueldos son muy bajos. El sueldo mínimo es de 423 dólares y la mitad de los trabajadores recibe un sueldo igual o inferior a 560 dólares mensuales.

Lo positivo de las manifestaciones que se desarrollan en ese país es que la clase política ha decidido actuar de manera rápida y corregir estos problemas: ya existen planes para aumentar las pensiones a los jubilados, monitorear el precio de los medicamentos, mejorar los sistemas de salud pública y otros. También se debate algo que antes era tabú: aumentar los impuestos a los denominados “superricos” y crear uno para gravar el patrimonio. Todas las reformas sociales que están siendo concebidas son relativamente fáciles de aplicar ya que Chile tiene desde hace años superávit fiscal y comercial.

Una burguesía tan fuerte como la chilena, que tiene mucha influencia sobre la política, y un sistema básicamente bipartidista, ha hecho que los cambios sociales en ese país sean difíciles de abordar. En las últimas gestiones de Gobierno, la oposición ha controlado por lo general una de las dos cámaras, haciendo trabajosas las transformaciones. El modelo chileno es trabado, concebido para la estabilidad, y por ello los cambios se ven entorpecidos. Pero esta vez, con una crisis de estas proporciones, todos han prometido actuar.

Confidencial

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