Editorial

Protesta, vandalismo y terrorismo

jueves, 21 de noviembre de 2019 · 00:15

La protesta social auténtica y genuina del Movimiento Al Socialismo existió y sigue existiendo en algunos puntos del país, pero no se puede negar que una buena parte de la defensa del expresidente Evo Morales ha pasado al vandalismo y, recientemente, al terrorismo.

La protesta social por lo general no es violenta y busca algún objetivo concreto de parte del Gobierno. Una vez que se logra ese objetivo, sobre la  base de  la negociación, ésta cesa sin romper el orden político ni constitucional en el que se desarrolla.

El vandalismo, en cambio, destruye la propiedad pública y privada, pero lo hace de manera desorganizada y no siempre tiene un objetivo político. Por lo general, se trata de una acción desarrollada por turbas que aprovechan el caos para robar y causar zozobra.

Finalmente, el terrorismo es siempre violento, organizado y tiene el objetivo político de subvertir el orden constitucional. Está financiado y lanza ataques certeros a objetivos concretos.

Pues bien, desde la renuncia del expresidente Evo Morales, la protesta social del MAS ha degenerado primero en vandalismo y luego en terrorismo. Cuesta admitirlo y cuesta incluso pronunciar esa palabra porque las consecuencias de su existencia serán trágicas para el país, pero es tiempo de hablar del tema.

El más reciente ejemplo de estos hechos es el atentado dinamitero a la planta de provisión de gas y combustibles a La Paz que, para alivio de todos, sólo derrumbó un muro y no derivó en la explosión de la misma, lo cual hubiera generado una catástrofe incuantificable e inimaginable.

Otro hecho que tiene estas características es la explosión en el ducto Carrasco-Cochabamba, que ha provocado la pérdida de 200 metros de tubería y la reducción de los envíos de gas al occidente. El Gobierno afirmó que se trató de un hecho terrorista.

Y, en la misma línea de acciones, han sido detenidas cinco personas, entre ellas un colombiano, cuando intentaban volar las válvulas de gas en la planta de la avenida Tejada Sorzano de La Paz.

Si a estos hechos se suman otros como la quema de 64 buses PumaKatari, la quema de las casas de Waldo Albarracín, Casimira Lema y de Nelson Condori, además de intentos de atentar contra el teleférico y otras propiedades públicas y privadas, estamos ante hechos que dejaron de ser métodos de protesta social.

Y ni qué decir de las personas que están detrás de estos actos, entre ellos, un ideólogo de las FARC, cubanos portando dinero, colombianos  y venezolanos en acciones irregulares, además de un sinnúmero de sujetos portando armas de fuego, armas blancas, granadas, bombas molotov y otros. No son vecinos comunes y corrientes los que portan dinamitas, bombas y granadas; no es el ciudadano común. 

Pero hay más. Las protestas auténticas se sostienen por la convicción de los manifestantes, quienes, en todo caso, no necesitan pago alguno por su sacrificio. En cambio, en las movilizaciones se ha visto a dirigentes que manejan grandes cantidades de dinero y que pagan a los manifestantes por su servicio. Otra de las técnicas utilizadas por la dirigencia es la coerción. Se sabe que hay amenazas de saqueo a los vecinos que no salen a bloquear o a marchar. E incluso, hay empresas que están siendo coaccionadas para poner su logística a disposición de la protesta a cambio de no sufrir ataques vandálicos.

Nadie duda de que Evo Morales tiene apoyo genuino y que, descartando el fraude, en las últimas elecciones pudo haber sacado alrededor del 40% de los votos, pero también hay sobradas evidencias de que la protesta que busca reponerlo en el poder ha degenerado en métodos violentos. Lo más grave del asunto es que el propio Evo Morales envía línea desde su exilio para la protesta.

Precisamente porque el MAS es una fuerza política con apoyo popular es importante avanzar en una salida negociada a la crisis, pero también es cierto que el tiempo se agota porque, día que pasa, la violencia va en aumento, a costa de vidas humanas.

 

 

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