Editorial

Las realidades paralelas

sábado, 23 de noviembre de 2019 · 00:15

Es por lo menos angustiante el clima que se vive en el país en estos días. Es angustiante por la violencia que hiere y mata, por el miedo que se ha instalado en todo y entre todos, por la incomprensión y la indolencia, pero, principalmente, por la impotencia de ver  cuan efectivo es el  trabajo de la desinformación y de la creación de verdades/realidades paralelas de quienes creen estar del lado correcto de la historia. Y lastimosamente, ante las evidencias que vivimos un momento abigarrado, nada menos necesario que creer que las culpas y responsabilidades siempre están en el lado del frente, nunca en el nuestro. 

 Hay varios elementos; dos de ellos son 1)la desinformación, los rumores y noticias falsas;  y 2) la narrativa que se impone en la prensa y los intelectuales.

Primero, el adoctrinamiento de 14 años a los pueblos más humildes del país, aquellos a los que se les ha dicho que sin Evo no saldrá el sol y otras desgracias. Una gran parte de los bolivianos que siempre estuvo alrededor de las actividades presidenciales (inauguraciones de canchas y coliseos), pero que no necesariamente accedió a más y mejor educación y salud. En este contexto mucha gente cree genuinamente que serán nuevamente sometidos, excluidos y marginados. ¿Cómo no lo van a creer si tanto Evo como Álvaro han hecho de estas afirmaciones su Biblia, casi de una forma tan fundamentalista como la de los evangélicos/religiosos que ahora critican por sustituirlos en el Palacio Quemado?

 A ellos se suman, por supuesto, millones de convencidos del proceso en todo el país, que están en etapa de negacionismo, y no pueden ni quieren ver al resto de los bolivianos como conciudadanos sino como golpistas, ultraderechistas y otros. 

Pero, si este nivel de manipulación y desinformación es un peligro que atiza la confrontación y el resentimiento entre bolivianos, no es menos importante el trabajo sistemático y efectivo que realiza “el progresismo” latinoamericano y del mundo, aquel que además pontifica una superioridad moral imbatible. Esa corriente ideológica que en América Latina es populista y festeja las rupturas democráticas de Cuba, Venezuela y Nicaragua, pero se escandaliza cuando un país no acepta que su gobernante pretenda perpetuarse en el poder; y que en Europa y el primer mundo se nutre del mito del buen salvaje y de la expiación de culpas coloniales, está construyendo un discurso muy difícil de combatir y muy riesgoso para los equilibrios y consensos en Bolivia.

Es una narrativa que se refleja en la prensa en buena medida. Si durante 200 años fuimos un país sin mucho interés para el orbe, de pronto ahora, gracias a Evo, el presunto golpe y guerra racista que éste pregona, somos foco de atención mundial. 

Es un mundo que no intenta mayormente hurgar en la historia reciente ni contrastar opiniones, únicamente se convence de que en Bolivia se está produciendo un Apartheid y que hay una sola víctima, que es Evo. Para esa prensa, todos los que no están con Evo son ricos y blancos; todos son cívicos y religiosos; todos son de derecha y fascistas...

La prensa boliviana es también objeto de estas lecturas unilaterales, paralelas del conflicto. Para muchos toda la prensa boliviana está sometida al imperio y no quiere contar lo que realmente sucede. No existe un mínimo de reconocimiento de sus condiciones de trabajo ni del esfuerzo personal de cientos de trabajadores de la prensa    para mostrar diversos ángulos de la realidad, muchas veces arriesgando su seguridad pues, por absurdo que parezca, para los seguidores de Evo la única prensa que   muestra “la verdad”  es la extranjera.

Se dice que en una guerra la verdad es lo primero que muere, y es muy triste que así sea, pues si algo nos puede librar a los bolivianos del fratricidio al que nos han expuesto los intereses del poder, es sincerarnos y reconocernos. Ver cuán similares somos o podemos ser. Porque no hay una Bolivia de Evo y un país que la quiere exterminar: hay un país diverso que tiene la obligación de entenderse y respetarse.
 

 

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