Editorial

Desastres naturales y sus víctimas

domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:15

Una vez más el país se mostró en su profunda impotencia y precariedad ante los desastres naturales. Con una cifra de muertos y desaparecidos aún no acabada, el deslizamiento en la carretera a Caranavi -que afecta a aproximadamente 1.000 familias- es una tragedia, pero no es la única: cerca de siete regiones del país se encuentran en alerta ante la persistencia de las lluvias, la crecida de los ríos y el cierre de carreteras.

Esta desoladora situación es producto de varios factores. Principalmente, los fenómenos climáticos extremos que afectan a todo el planeta. Recientemente veíamos cómo este invierno en el hemisferio norte es uno de los más duros de la historia, y las olas de calor están causando estragos en el sur del planeta.

Para regiones como la nuestra, en el centro del subcontinente sudamericano, los problemas no son los climas extremos, ya que las estaciones no son exageradamente marcadas, sino la profundización de las características de las temporadas.  Es decir, épocas de lluvias que causan inundaciones; o sequías que depredan;  o heladas que asolan.

En otras palabras, las expresiones climáticas típicas de estos lados se vuelven incontrolables y causan riesgos y desastres.  Aunque todos los años sufrimos crecidas de ríos, el incremento de poblaciones y pobladores, la invasión de asentamientos en las riberas de los mismos, la depredación de los bosques para habilitar espacios de vivienda y otros, son directos causantes de la intensidad y consecuencia  de las lluvias, granizadas, vientos de estación, etc., que de pronto se tornan mortales.

Poco se puede hacer cuando un fenómeno climático se agrava, pero es bueno recordar que sí se puede prevenir o estar preparados como ciudades o comunidades para enfrentarlos.

Para ello, lo primordial es cuidar que no se alteren los cauces de los ríos ni se invadan sus orillas con construcciones o asentamientos. También es fundamental evitar la deforestación. Ambos factores, por supuesto,  no se cumplen en nuestro país, pues no se respetan las normas, la deforestación es un negocio boyante que lo ejerce el mismo Estado y los movimientos de colonizadores nunca han reparado en cómo afectan las áreas donde se posesionan, ni se las elige de acuerdo a estudios que busquen el equilibrio natural.

Con todo, ya que no se aprende a evitar o prevenir los desastres naturales, al menos hay que formular estrategias para enfrentarlos y esto solo se logra de forma colaborativa, en concurrencia.

Tener una estrategia local o regional para enfrentar las épocas de lluvia, sequía, helada o lo que fuera, no es una innovación recién inventada; es una práctica que se realiza en todo el mundo y que hace que concurran proyectos, acciones y presupuestos para que cuando lleguen los malos ratos no se tenga que improvisar ni lamentar tragedias descontroladas.

Tampoco debería ser necesario rogar o esperar, como se ha visto esta vez, que las autoridades se presenten en el lugar de los desastres, ofrezcan, regalen o se muestren como héroes de algo que es una parte de su responsabilidad de gestión.

Es triste escuchar a los damnificados clamando por ayuda  y a las autoridades locales de las regiones afectadas  pidiendo que se declare zona de desastre para ser asistidos por las autoridades nacionales. 

No debiera ser así. Las regiones y los municipios deben hacer tareas de prevención y tener estrategias para enfrentar los desastres que invariablemente llegan cada año. Obviamente, ante hechos de mayor magnitud, el Gobierno central despliega todos sus recursos, pero la impotencia y desprotección que hoy se ve, precisamente en las regiones más pobres, debería acabar.

Lastimosamente, estos tiempos de centralismo y concentración de recursos públicos en las autoridades nacionales  no contribuye a que los actores locales asuman ni su responsabilidad ni el desafío de prevenir y enfrentar los desastres naturales. Los únicos que pierden son, como siempre, los ciudadanos.

 

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