Editorial

Debates necesarios sobre el feminismo

lunes, 04 de febrero de 2019 · 00:09

En los tiempos que corren, mientras más violencia y discriminación sufren las mujeres;   mientras nos rompemos la cabeza tratando de entender y el corazón tratando de aceptar que, cada día, son más mujeres las que se convierten en víctimas del machismo violento y del patriarcalismo asfixiante..., más polémicas surgen en torno a los movimientos feministas, a los discursos de búsqueda de respeto de derechos, de igualdad de condiciones y oportunidades y  de búsqueda de justicia.

Muchos de estos argumentos están imbuidos de un patriarcalismo tan estructural que resulta casi imposible de deconstruir; otros son un rebalse de las premisas y dogmas religiosos que no pueden ser discutidos en tanto que  quienes los profesan lo hagan como parte de un acto de fe.

Muchos, sin embargo, provienen de un relativismo riesgoso pues,  en el afán de distanciarse de lo que se concibe como un “radicalismo feminista”, “antihombre” o en rechazo a una supuesta (o pretendida) superioridad moral de algunas feministas,  terminan siendo indiferentes a la violencia estructural hacia la mujer.

A la luz de los hechos, no podemos menos que convenir que  la población femenina, el 50% de la especie humana, es todavía (o incluso cada vez más)  vulnerable a la violencia en todas sus expresiones. En pleno siglo XXI y a pesar de muchos avances, un inaceptable y enorme porcentaje de mujeres están siendo maltratadas, asesinadas cruelmente, discriminadas y excluidas. Todavía son más mujeres las que son relegadas del acceso a la salud y a la educación en el mundo; y su participación en espacios de poder y decisión aún necesita de cuotas obligatorias para existir,  no porque no existan mujeres capaces, sino porque ellas, como lo dice nada menos que la tercera persona en la línea de mando en Bolivia, la presidenta del Senado, Adriana Salvatierra, “ser mujer (y joven), requiere más o menos un doble esfuerzo para demostrar que una está a la altura de las responsabilidades asignadas”.

Se pierde de vista que en momentos de profundo desequilibrio y de honda persistencia de la violencia como la actual, la discriminación positiva es no sólo importante, sino imprescindible.

Finalmente, están quienes por razones ideológicas prefieren invalidar la lucha de los movimientos de mujeres –que son muchos y diversos–, encasillándolos en una determinada posición política, incluso partidaria, desconociendo así sus esfuerzos por posicionar temas y demandas que  por no representar a absolutamente a todas las mujeres son menos importantes y urgentes. ¿Es que por no haber sufrido violencia una mujer puede ser indiferente frente  a los cientos de miles de otras que la sufren a diario?

Así, al final, pierde la sociedad entera en momentos en que, en vez de dividirnos y diferenciarnos, podríamos estar luchando por desterrar no sólo la violencia más cruel –que es la cada vez más frecuente–, sino muchas convenciones sociales naturalizadas que la perpetúan.

Pero,  hay que admitir también que la victimización y el pretexto afectan a  la lucha de las mujeres tanto  como estos discursos de menosprecio.

Argumentos como los que esgrimen muchas autoridades mujeres para no dar cuenta de sus actos o no explicar las irregularidades de las que se las acusa afirmando que se las critica o interpela porque “se las discrimina” por ser mujeres (lo cual suele ser agravado cuando se adiciona la condición de ser, además, indígena o de pollera), le hacen un flaco favor a la lucha por los derechos de las mujeres.

Ningún feminismo debería  defender a una mujer que no cumple con sus responsabilidades, mucho menos si es una figura pública o una autoridad. Ojalá así lo asuman algunas de nuestras líderes.

Feministas debiéramos ser todos, todas. Porque si crecimos –todas y todos– en una sociedad machista que nos ha dejado esta herencia de desigualdad y violencia, de muerte, mutilación y  falta de oportunidades, es porque debemos cambiar nuestro paradigma. Ese es el reto.

Confidencial

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