Pederastia en el centro del debate

domingo, 03 de marzo de 2019 · 00:15

La detención del cardenal australiano George Pell, declarado culpable de pederastia, ha puesto al rojo vivo el debate sobre la responsabilidad de la Iglesia Católica en los abusos sexuales a niños cometidos por sus sacerdotes. Pell ha sido el tercer hombre en la jerarquía del Vaticano, de modo que su condena ilustra cuán grave es este problema.

La condena del australiano de 77 años, que es acusado de violar a dos jóvenes hace más de 20 años –algo que él niega–, se da en momentos en que el papa Francisco ha convocado a una cumbre en Roma para tratar el tema de la pederastia, a raíz de la ola creciente de denuncias de abusos a menores de parte de sacerdotes en todo el mundo. 

La esperada cumbre ha tenido un final algo decepcionante. Aunque el solo hecho de que la jerarquía católica se haya congregado durante cuatro días para tratar el tema ya representa un hito histórico, el Papa había inflado las expectativas sobre el evento anunciando la adopción de severas medidas. Al final, sin embargo, no fue más allá de las recomendaciones e invocaciones a sus prelados para que se acabe con esta lacra.

 “Lo inhumano de este fenómeno extendido por el mundo entero es incluso más serio y más escandaloso en la Iglesia, porque contrasta con su autoridad moral y credibilidad ética”, dijo Francisco, quien llamó “herramientas de Satanás” a los abusadores. Esto es claramente insuficiente para las víctimas y para la sociedad. Es inclusive insuficiente para la propia Iglesia, que está en un momento de crisis de credibilidad y legitimidad.

Los sacerdotes católicos han estado siempre rodeados de denuncias sobre la violación de su celibato obligatorio, y son tan frecuentes como antiguas las historias sobre hijos de curas, acosos a mujeres (entre ellas monjas) y abandono de los votos para optar por el matrimonio. También la homosexualidad ha sido parte de este debate, ya que el catolicismo lo condena, aunque hay muchos sacerdotes homosexuales. 

Pero, una cosa es el celibato  –respetado o violado–, las preferencias sexuales de los sacerdotes y cómo las practican, y otra el abuso a niños y niñas, que deja una mancha oscura y vergonzosa para la institución.

Por mucho que sea contradictorio y de doble moral, la práctica del sexo y el engendrar hijos puede ser visto como una consecuencia de la imposición del celibato; o, en términos religiosos como “pecados de la carne”. Lo mismo podría decirse de las preferencias sexuales. Sin embargo, el abuso a menores es un delito y una desviación que deben ser sometidos a la ley y la justicia de los hombres (además de la divina, claro está).

Si bien estos excesos no involucran a toda la Iglesia, el no condenarlos, el normalizarlos o relativizarlos y, peor aún,  el encubrirlos, representa prácticamente una complicidad y la Iglesia debe, por su propia legitimidad, distanciarse de esto y asumir su responsabilidad. 

La autoridad moral que ejercen los curas con jóvenes y/o niños en su condición de formadores o confesores, debe dejar de ser una oportunidad para el abuso de poder y, peor aún, el abuso sexual. Pretender esconder la gravedad de esta constancia es más grave  que las amenazas que representan para la fe católica otras sectas, el agnosticismo o la llamada “ideología de género”, que supuestamente atenta contra Dios y la familia. 

Lo que realmente puede representar un terremoto para la Iglesia Católica es que sus apóstoles, los sacerdotes, sean vistos como potenciales depredadores y abusadores.  O que la Iglesia misma sea percibida como un refugio de pederastas.

El papa Francisco, que se ha mostrado como amplio y coincidente con las necesidades de debatir y replantear muchas concepciones dentro del clero, deberá encontrar vías más contundentes de controlar y sancionar los abusos a menores y asumir su responsabilidad por erradicarlos de su seno. 

 Lo hecho hasta ahora por el Pontífice es tibio y complaciente y sólo demuestra hasta qué punto es urgente que la Iglesia deje de ser el espacio de la impunidad. 

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