Los desafíos de El Alto

miércoles, 06 de marzo de 2019 · 00:15

No por recurrente es menos cierta: la ciudad de El Alto es un espacio de oportunidades y pujanza, una tierra de cara al futuro y con una población que no se rinde ante las limitaciones.

Desde su fundación, el 6 de marzo de 1985, no ha parado de crecer y acoger a migrantes, especialmente del occidente del país, que encuentran en esta urbe el impulso para sus emprendimientos.

Paralelamente, sin embargo, la ciudad de El Alto reúne las características del desarrollo “a la boliviana”: falta de planificación, ineficiencia de gestión pública, necesidades básicas insatisfechas e informalidad... a lo que se puede añadir la herencia de una cultura política de fuerte influencia sindical, que hace difícil el diálogo horizontal y el consenso, y que ha derivado en fuertes crisis de gobernabilidad.

Esto hace posible que podamos ver ahora, a 34 años de su fundación, las deudas y desafíos que debe encarar esta urbe no sólo para seguir adelante, sino para sobrevivir ante  diversas amenazas que se ciernen sobre su calidad de vida.

En El Alto se puede decir que se reúnen varios conflictos juntos: por un lado un crecimiento urbano desordenado y disperso que hace que la dotación de servicios básicos no tenga la calidad que se demanda; una ausencia de sentido de autoridad y cumplimiento de la ley, que hace, por ejemplo, que sus principales calles y avenidas sean caóticas. Las imágenes de las trancaderas alteñas son comparables a las de las ciudades indias, donde, en medio de la explosión demográfica  rige la ley de la selva. 

La inseguridad ciudadana es otro gran problema que afronta El Alto. Con pocos efectivos policiales, zonas hiperconcurridas y  deficiencias en el alumbrado público e incluso en el asfaltado de calles, muchos barrios alteños han devenido en zonas rojas, donde se concentran delincuentes y pandillas que siembran terror en los vecinos. Por ello, no es raro ver en algunos  distritos los famosos muñecos de trapo, con la advertencia de la justicia comunitaria.

La educación también es un aspecto crítico en esta capital. Hay muchas escuelas y hasta una universidad pública (UPEA), pero la calidad de esta educación es claramente inferior a la que se imparte en las escuelas de La Paz, como si se tratara de ciudades distantes, no de dos gemelas que debieran tener un crecimiento más o menos homogéneo.

Aunque se la conoce como la ciudad industrial y es, lo decíamos, una tierra de oportunidades, en El Alto reina, más que en el resto del país, la informalidad. La ciudad está plagada de vendedores, comercios de contrabando y las empresas formales sufren para mantenerse y crecer. 

Finalmente, hay que mencionar que El Alto lidera penosamente las cifras de violencia contra la mujer y es una urbe que no ha podido avanzar debidamente en la protección de los derechos de las mujeres. La falta de presupuesto ha atentado incluso contra una debida aplicación de la Ley 348, de manera que las tareas educativas y de prevención, que confronten la cultura de la violencia y el machismo, no han prosperado.

Pero, quizás el mayor reto que debe enfrentar El Alto en el presente y el futuro próximo es la gobernabilidad política. Después de haber sido un reducto del MAS durante muchos años, la gestión de la actual alcaldesa Soledad Chapetón ha significado un punto de inflexión. Sin embargo, esta gestión ha estado amenazada constantemente no sólo por el machismo burdo de dirigentes vecinales y otros, sino por intereses políticos y corporativos que la han empujado al borde del precipicio en más de una oportunidad y que han obstaculizado muchos de sus proyectos. 

Ahora que se avecina un nuevo ciclo de autoridades nacionales y locales, El Alto debe plantearse cómo llegar a la meta que anhela, que es un desarrollo con calidad de vida. Para ello  debe buscar consensos más allá de los intereses particulares y el clientelismo, y erradicar los vicios de una política que se sirve de esta ciudad y no la sirve como ésta precisa. Solo así El Alto podrá seguir abanderando el futuro. 

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