Editorial

El suicidio de Alan García

viernes, 19 de abril de 2019 · 00:15

El suicidio del dos veces  presidente peruano Alan García ha causado comprensible conmoción en la región, especialmente porque su estilo exuberante nunca hubiera permitido esperar semejante final.

Como se ha informado, García prefirió dispararse en la cabeza antes de ser arrestado para ser investigado por su presunto involucramiento en el caso Odebrecht, que ha embadurnado tantos políticos sudamericanos y que acabó con todos los expresidentes peruanos vivos en la cárcel o prófugos. 

Cualquier suicidio, y éste en particular, es difícil de interpretar.  

En tiempos pasados quizás hubiera sido más fácil interpretar esta muerte. En el viejo Japón los guerreros cometían el sepuku o harakiri tras perder una batalla. También en Alemania, hasta la Segunda Guerra Mundial, se esperaba que un mariscal derrotado se quitara la vida. Eran tiempos, culturas y profesiones en las que el honor mancillado se pagaba con la vida. 

En un sentido similar, los duelos a muerte entre individuos ocurrían para “lavar con sangre” el honor o la dignidad de un apellido. Son costumbres que el tiempo ha borrado. El honor, en los tiempos actuales, ha perdido relevancia, o quizás es que se entiende de diferente manera. 

Los suicidios de políticos han sido mucho menos frecuentes, pero han ocurrido. En nuestro país, en 1939, el presidente Germán Busch se quitó la vida en un acto de desesperación, tras una vida con tendencia al suicidio. 

En Brasil, en 1954, el entonces presidente Getulio Vargas hizo lo propio, dejando una carta póstuma, en la que decía “No me acusan, me insultan; no me combaten, me difaman, y no me dan el derecho a defenderme... Les daré mi vida. Ahora les ofrezco mi muerte…”

También en Francia, hace quizás 15 años, un ministro, acusado de corrupción, optó por quitarse la vida, dejando una carta en la que esperaba que la ofrenda de su vida pudiera explicar su inocencia. Todo lo contrario de una admisión de culpa.

Y hace un par de semanas, un músico mexicano, Armando Vega, también decidió matarse ante la imposibilidad de demostrar su inocencia ante la acusación de haber hostigado sexualmente a una niña de 13 años. No es un político, pero valga el ejemplo. 

Convengamos en que Alan García no era un político límpido. También se informa que, por problemas de bipolaridad, tenía que medicarse a diario, lo que explicaría, ultima ratio, su determinación fatal. Pero también convengamos que en el mundo actual, la presión de la opinión pública, y ahora más aun con sus herramientas digitales ubicuas, puede quebrar al más bravo. 

 

 

Confidencial

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