Editorial

Pedirle ayuda a Trump y vivir para contarla

domingo, 21 de abril de 2019 · 00:10

De ser un papelón de mayúsculas proporciones ha pasado a ser una acusación de traición a la Patria la malhadada idea de un grupo de legisladores de la oposición de enviarle una carta al presidente de EEUU, Donald Trump, para que interponga sus buenos oficios para salvar la democracia boliviana.

Así es. En este país donde la realidad supera a la ficción, estos 12 parlamentarios pensaron que la solución para impedir la re reelección de Evo Morales, es pedirle al mandatario norteamericano que haga que la OEA realice un pronunciamiento contra la repostulación.

Primero, la “idea” es absurda e inútil: aún si Trump sigue la “sugerencia”, la OEA no tiene por qué obedecerle e, incluso si lo hace, el Gobierno boliviano continuará con su proyecto de forzar un nuevo mandato.

Pero, más allá de lo fáctico, este es un ejercicio de lo absurdo en grado superlativo. Pedir nada menos que a Trump, que trata a cualquiera -vecinos o no- de la manera más soberbia que se pueda concebir, es tanto o más inaceptable que solicitar a un país ajeno que solucione lo que nosotros debemos resolver sin injerencia alguna.

Hay más, para continuar con la farsa circense, sucede que los parlamentarios que la firmaron no conocían su contenido porque ¡estaba redactada en inglés! Es decir que a la total enajenación de principios democráticos y patrióticos, se suma la ignorancia y la estupidez de firmar una carta pública sin saber de qué trata.

La carta de marras -que segura y afortunadamente no amerita respuesta alguna- ha provocado tal ola de repudio e indignación que ni siquiera los jefes de los partidos de oposición han avalado el asunto. Otros parlamentarios y autoridades han solicitado la renuncia de los remitentes, el Ministro de la Presidencia los ha llamado “serviles” y el presidente Morales los acusó de traición a la Patria.

A tal punto ha llegado la reprobación a esta iniciativa, que muchos de los firmantes han sugerido que podrían quitar su firma, como si eso fuera materialmente posible.

Pero, más allá de lo anecdótico, el asunto -que oscila entre lo indignante y jocoso- desnuda nuevamente a la clase política y sus limitaciones, su falta de principios y de coherencia; su absoluta carencia de autocrítica.

No es suficiente con las muestras que vemos de cómo procede el Presidente norteamericano con los países latinoamericanos; ni con  las lecciones que nos ha dado la historia sobre el intervencionismo… Así y todo, no falta quién lo añora y en vez de aportar a la defensa de los principios constitucionales, los daña.

Es tan lamentable el asunto que hasta las sanciones tales como pedirles su renuncia, suenan aceptables.

Confidencial

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