Editorial

Ser o no ser Dios

sábado, 27 de abril de 2019 · 00:15

Desde los primeros días del primer gobierno de Evo Morales, en el lejano 2006, sus adláteres comenzaron con la paciente, si bien rastrera tarea, de convertir a su líder en una figura (semi) divina. Todo comenzó con el acto de entronización —después repetido en la inauguración de todos sus gobiernos— con pretensiones religiosas en las ruinas de Tiwanaku, que incluía los equivalentes de corona y cetro y la otorgación de liderazgo sobre todos los pueblos indígenas de las Américas. Un acto que en los hechos incluía todo lo que los gobiernos de Morales dicen despreciar: realeza y religión.

Aquel acto primigenio, tan decidor, fue el primero de una larga serie de peculiares dichos y declaraciones de altos jerarcas del régimen, que buscan construir —y quizás construyeron ya, en alguna medida— el culto a la personalidad del Jefe. 

El primero, más frecuente y notorio, es el propio Vicepresidente, quien no escatima panegíricos, incluido un tono de voz dramático o pueril, según convenga, para pedir a los niños rezar por el presidente Evo, o para sembrar el temor en ciertos corazones, sobre la tragedia que sería el eventual fin de su gobierno. Viene a la mente aquello de que “el sol se esconderá y la luna se escapará”, por mencionar sólo una de sus frases conocidas. 

O ahí destaca, entre las hagiografías dedicadas a Morales, la más obsequiosa de todas, Jiliri Irpiri, de Eusebio Gironda, donde poco falta para otorgarle un origen divino al Presidente, pero que no se queda corto al atribuirle el título del libro, que traducido significa “El Gran Conductor”, de resonancias absolutistas asiáticas.

Pero conforme se aproximan las elecciones generales de este año, que serán las más reñidas desde 2005, con posibilidades de perder el poder, se van sumando las voces con mensajes que apuntan en la misma dirección: el carácter irreemplazable del líder, al que le confieren un carácter divino: “Evo es un enviado de Dios” y, por tanto, debe gobernar “hasta que Dios quiera”.  

Se puede entender que semejante culto a la personalidad cunda entre gentes poco expuestas a los libros o con poco contacto con el conocimiento, del cual sienten poca necesidad. Lo que es difícil de entender es que gente con educación y mundo, que ha escrito libros, sienta tal necesidad de subordinarse a una figura de autoridad.

Y en especial sorprende  cuando esa figura de autoridad, con su comportamiento personal, hace mucho por mostrarse poco digna de semejante veneración. No en vano el sabio césar romano Marco Aurelio dispuso que  cuando los vítores arreciaban,  el esclavo que le sostenía la corona de laureles por encima de la cabeza  debía susurrarle al oído: “Memento mori”: “recuerda que eres mortal”.
 

 

Confidencial

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