Editorial

La tozuda reincidencia

viernes, 17 de mayo de 2019 · 00:15

En 1978, cuando se encargó el primer estudio de suelos en la ciudad de La Paz, se determinó que el 60% de los terrenos podrían ser considerados de riesgo.  Sin embargo, con el paso de los años, la mayoría de las zonas no aptas para edificar se fueron urbanizando. A tal punto esta práctica se normalizó que ese inminente peligro se olvidó y se tradujo en una de las características “pintorescas” por la que esta ciudad fue y es identificada.

Esto supuso un enorme y creciente problema: por un lado intentar normar la expansión de la ciudad; y, por el otro, controlar las zonas de riesgo para evitar o contener los desastres. 

Ambos propósitos resultaron fallidos: La Paz se extendió en todas sus laderas y las zonas de riesgo fueron olvidadas; y la intención de dar alternativas al crecimiento urbano, normando lo elemental, no se pudo alcanzar.

Así llegamos a las épocas de los deslizamientos. Seis grandes deslizamientos en las últimas dos décadas atestiguan el fracaso de los planes de control, fiscalización y prevención de riesgos.

Al respecto, Augusto Celaez, presidente del Colegio de Arquitectos de Bolivia, dijo que la Alcaldía ha perdido el poder de fiscalización y de control a los dueños que construyen pese al peligro. 

En este punto no hay mayor discusión:  si bien no se puede soslayar las deficiencias de las tareas de unas autoridades locales, que no han impuesto el cumplimiento de la norma ni han sido efectivas en impedir las construcciones ilegales, los loteamientos y las urbanizaciones, incluso en áreas verdes, es necesario poner el acento en los “usos y costumbres” de los vecinos. Como señala el reporte de Página Siete del pasado domingo, los habitantes de La Paz vuelven reincidentemente a edificar sus viviendas en terrenos afectados.

Las zonas de Kupini II, Las Dalias, Huanu Huanuni y Retamanis, donde se produjo una de las mayores tragedias de esta ciudad, el Megadeslizamiento de 2011, han vuelto a ser urbanizadas a pesar de los peligros que ello entraña.

Cuando se visita el lugar, aún se ven los restos de las casas destruidas por la enorme mazamorra que provocó el colapso de 1.100 viviendas. Rodeando  los restos de algunas de estas casas, ocho años después, se erigen nuevas viviendas. !Siete barrios enteros fueron afectados en aquellos tiempos, y nadie aprendió la lección!

Los vecinos hablan de necesidad, de pobreza y de carencias que los llevan a insistir en ubicar sus viviendas en estos espacios, pero no podemos conformarnos con ello, porque esa decisión los empuja, además de a la precariedad, a un peligro de muerte. Esto no puede continuar y las autoridades y vecinos deben entenderlo definitivamente.

 

 

Confidencial

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