Editorial

La distopía femenina es una realidad

sábado, 25 de mayo de 2019 · 00:15

De enero a marzo, es decir hasta hace dos meses, la cifra oficial de feminicidios en el país era de 36 casos registrados.  Solamente en la semana que pasó otros tres casos se suman a la lista que, por tanto, debe ser actualizada.

Y esta actualización permanente nos lleva a la conclusión de haber perdido la batalla -y quizás la guerra- contra la violencia homicida que, cada vez con mayor crueldad, se lleva la vida de mujeres de toda edad, origen y condición socioeconómica.

En Oruro, una joven tarijeña de apenas 18 años fue asesinada por su esposo con seis puñaladas y deja a una niña en la orfandad. Otra mujer de 43 años, también de Tarija, fue golpeada por su marido con un tronco hasta la muerte.  En Trinidad, un hombre que había sido aprehendido por violencia intrafamiliar fue liberado y nueve horas después asesinó a su pareja, dejando a dos niños sin madre.

Pese a ser  tantos y tan crueles los casos de feminicidio, terminan siendo noticias de un día que pelean por titulares en los medios y causan reacciones de repudio, pero que no consiguen detener la avalancha de muertes.

Incluso las leyes, las medidas de prevención y los servicios de asistencia para la mujer víctima de violencia, no parecen ser efectivos para evitar la muerte de mujeres en manos de sus parejas o exparejas. 

Estamos viviendo en este país, y lastimosamente en muchos otros también, la concreción de una distopía en la que las mujeres viven en constante peligro y son víctimas de cada vez más crueles formas de castigo.  ¿Ya no es posible confiar, estar seguras, tomar decisiones con autonomía sin que ello implique un riesgo de muerte? 

Al parecer ese escenario extremo es una realidad, y negarlo o mostrar estos hechos como aislados, no alcanza para tranquilizarnos ni para ofrecer a las mujeres las garantías de protección de sus derechos  como corresponde en toda sociedad.

A pesar de la dureza de las normas y la creación de una institucionalidad que las proteja de la violencia, no estamos haciendo lo suficiente: ni el Estado ni la sociedad. 

Porque desde el Estado nos hemos quedado satisfechos con una ley implementada a retazos; y desde la sociedad todavía nos relacionamos con un patrón machista y discriminatorio hacia la mujer. Hay pontificadores del feminismo que golpean con violencia a la mujer en los hechos y hay un Estado que no es crítico con su propio discurso patriarcal.

Queda mucho por hacer, y mientras encontramos el camino y nos distraemos con discursos balsámicos, las mujeres siguen muriendo por ser mujeres sin que podamos evitarlo.  
 

 

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