Editorial

Señores, tienen que hacerse cargo

martes, 27 de agosto de 2019 · 00:15

En estos momentos, los ojos del mundo lloran mirando hacia esta parte del mundo. La Amazonía en llamas no es un asunto que concierne únicamente a los países que son parte de ella; en su destino, en la catástrofe que la golpea en estas semanas con más fuerza que nunca antes, se juega  el futuro de la humanidad. Cuando se dice que esta región, la más rica del planeta en biodiversidad, es el pulmón de la humanidad, no es sólo una metáfora romántica, es una verdad concreta y tangible, pues de no ser por el equilibrio ecológico que sostiene en sus entrañas, toda América sería un enorme desierto. 

Pero, volviendo a la preocupación global por lo que sucede en la región, la comunidad internacional  parece estar más angustiada por las consecuencias de los devastadores incendios –que están extinguiendo millones de hectáreas de bosque– que por los gobernantes de los países afectados.  

“Nuestra casa se está quemando. Literalmente. La selva amazónica, los pulmones de nuestro planeta, que producen el 20% de nuestro oxígeno, está ardiendo. Es una crisis internacional”, tuiteó Emanuel Macron, presidente de Francia, y convocó a una reunión de emergencia del grupo G7 –del que son parte Estados Unidos, Alemania, Canadá, Reino Unido, Italia, Japón y Francia– en la que acordaron ayudar “lo más rápido posible” a apagar el fuego.

Esta resolución se ha dado tras la negativa de actuar del Presidente de la principal nación afectada por el desastre, Brasil, donde se concentra el 60% de la Amazonía. Pero, ésta también es compartida por Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador, Venezuela y Surinam, y justamente es Bolivia el otro país que este año está viendo devastados sus árboles por un incendio que, en lo que va del año, ya ha consumido un millón de hectáreas de bosque y fauna. 

La respuesta de Jair Bolsonaro frente a la tragedia ha causado indignación planetaria. El mandatario brasileño ha dicho muchas veces que las selvas amazónicas eran un obstáculo para el desarrollo económico y que era necesario aprovecharlas mejor, y abrirlas a la explotación comercial.

 Más aún, ante la incidencia de los incendios de este año, un 79% mayor que en 2018, ha resistido no sólo a solicitar ayuda internacional, sino a desplegar una acción nacional que los mitigue.

Solamente después de las críticas y censuras, y la advertencia de que el acuerdo Merc   osur-UE, firmado tras 20 años de negociación entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay con Europa, podría quedar sin efecto por su inacción ante la catástrofe ambiental, Bolsonaro anunció que enviaría al Ejército a sofocar el fuego.

Ante este extremo, la reacción boliviana parece no sólo moderada sino hasta diligente, pues el Gobierno al menos ha invertido recursos en la contratación de un enorme avión que ha llevado ingentes cantidades de agua a la zona afectada. Con todo, la actitud soberbia frente a la magnitud del daño, irreparable e irreversible, es igualmente irresponsable.

Tanto Evo como Bolsonaro eluden su responsabilidad como gobernantes en lo que está sucediendo. Ambos comparten la idea de que los bosques frenan el progreso y que hay que ampliar la frontera agrícola y los asentamientos a cualquier precio.

 Ambos también comparten la idea de que estos incendios son algo así como una expresión apocalíptica del cambio climático, sin asumir que éste es ocasionado por la acción humana, justamente el tipo de acción que ambos impulsan. Finalmente, ambos optan  por echar la culpa al enemigo externo. El Ministro de la Presidencia de Bolivia llegó a decir que los nuevos brotes de fuego habían sido ocasionados por la oposición.

La ciudadanía en Brasil está preocupada. En Bolivia hay marchas, clamores por ayuda que nadie quiere escuchar. No pueden los ciudadanos hacer más que eso: sufrir las consecuencias y exigir soluciones. Los únicos que tienen en sus manos hacer algo son los gobernantes y ellos, como vemos, anteponen su soberbia e indiferencia.

Evo dice estar abierto a la ayuda internacional, pero prefiere insistir en la muletilla de la autonomía  y la dignidad ante la carencia que derogar los decretos que él aprobó para alentar la deforestación.  Ni Evo ni Bolsonaro entienden que este no es un problema de sus gobiernos y que el mundo no necesita su permiso para salvar el futuro del planeta.

 

 

Confidencial

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