Editorial

El reino de la ropa usada

viernes, 09 de agosto de 2019 · 00:15

La debilidad de la industria boliviana obedece a varias razones. En relación con el sector textil, uno de los más afectados y menos desarrollados, uno de sus grandes problemas es que compite en total desigualdad de condiciones con la ropa usada. Según un reporte publicado por Página Siete, en 14 años, el número de comerciantes de ropa de segunda mano se incrementó de 15.300 a 250 mil, pese al Decreto Supremo 28761, del año 2006, que prohíbe la importación y comercialización de la misma. Sin embargo, haciendo caso omiso a la norma, el universo de vendedores y compradores de ropa usada crece sin pausa. A pesar de su “ilegalidad”, se la encuentra en mercados de todo el país; es más: existen ferias y tiendas exclusivamente de ropa usada.

Según los empresarios textileros, el fenómeno de la ropa usada es un mal que afecta a toda la cadena de la industria textil, y le genera pérdidas de al menos 100 millones de dólares anuales.

“Los bolivianos somos reconocidos por la calidad de nuestra mano de obra, confeccionamos en grandes industrias de Brasil y Argentina. Lastimosamente, en el país no se han desarrollado empresas dedicadas a la fabricación de materia prima y por eso nuestros costos no son competitivos. Resulta imposible competir en precios con la ropa usada”, sostiene Juan Carlos Vargas, presidente de la Federación de Micro y Pequeña Empresa.

Tiene razón en muchos de sus argumentos el dirigente de las mypes, pues la crisis de la industria de ropa no tiene que ver con la calidad, sino con las condiciones. Para el mercado interno, las cargas laborales y tributarias son extremadamente pesadas, y la exportación no es una alternativa pues se han perdido mercados internacionales debido al tipo de cambio fijo y al incremento de los costos de producción.

Frente a ello, los comercializadores de ropa de contrabando, y especialmente los ropavejeros, llevan la delantera: se autogestionan, no generan empleos y no pagan impuestos. La ecuación ideal en la jauja de la informalidad que es Bolivia.

El reciclado de ropa, la donación de prendas y otras costumbres tan en boga en el primer mundo por cuestiones ambientales y humanitarias no cumple con el destino que se presume: llegar a las personas de extrema pobreza, sino que se ha convertido en un emporio que genera millones de dólares, estimula la informalidad y está matando definitivamente la industria nacional. 

Los comerciantes ahora reclaman su legalización y desean tributar, quizás es hora de considerar una regulación, antes que desde la ilegalidad sigan abarrotando todos los mercados posibles y eliminando un veta más de diversificación productiva. 
 

 

 

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