Editorial

Campaña con plata ajena

miércoles, 18 de septiembre de 2019 · 00:15

Con emoción en la voz, el ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, les dijo a las víctimas de los incendios en Roboré: “Confíen en el presidente Evo (...) no vamos a tener en los próximos 100 años, en los próximos 200 años, otro Presidente como Evo”. Y acto seguido se dedicó, en un ambiente repleto de guirnaldas y banderas del MAS, a repartir cocinas, hornos y garrafas.

La escena parece sacada de una novela de realismo mágico y es que a ello asemejan estos actos proselitistas en los que se rinde culto a la personalidad de Evo sin miramiento alguno, en vivo por señal de televisión y con recursos que el Estado destina a asistir a los damnificados.

Podría pensarse que estos extremos, por lo burdo y abusivo, no se difundirían a los cuatro vientos pero ocurre exactamente lo contrario: el sentimiento de propiedad ya no sólo de los bienes del Estado sino del país mismo para un candidato y un partido, está totalmente naturalizado. 

Como remató Quintana en el mismo acto: “Imagínense por un minuto, ¿qué pasaría si no lo tuviéramos al presidente Evo. ¿Ustedes creen que estuviéramos recibiendo cocinitas, recibiendo agua, recibiendo apoyo? No, mis queridos hermanos”. Y añadió:  “Estamos distribuyendo cocinitas con garrafa para que dejen de lado su fogón y no se pongan en riesgo con quemas”.

Es muy difícil que quien hace campaña estando en el cargo pueda no ceder a la tentación de considerar las obras y los recursos como propios. Es por ello que en muchos países se obliga a los candidatos que quieren ser reelegidos a dejar el cargo que ocupan para concentrarse en su campaña particular. Esto porque, para muchas democracias, es determinante que la competencia electoral sea equitativa, ya que la prebenda o el clientelismo están proscritos.

En Bolivia sucede todo lo contrario: más bien, si no hay prebenda, coima o tajada, el candidato tiene pocas posibilidades de “seducir” a los grupos poderosos, corporativos, que tienen su lista de exigencias y demandas a cambio de apoyo. De ahí que lo que ha institucionalizado el MAS con el argumento de “gobernar con el pueblo”, es lo que han hecho todos los gobiernos en el pasado: comprometer apoyo político a cambio de satisfacción de demandas corporativas. Y así nos va con gremialistas, choferes, cooperativistas y cocaleros...

Pero, además, parte de este esquema completamente abusivo es que quien está en el poder no lo administra y rinde cuentas por ello: es su dueño. Por eso, el MAS no siente pudor en que su campaña esté totalmente financiada por el erario público, y que hasta el mínimo capricho del jerarca sea pagado con la plata del país.
 

 

Confidencial

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