Editorial

Coletazos del conflicto diplomático

domingo, 05 de enero de 2020 · 00:14

Ya hemos comentado en estas páginas, abundantemente, sobre la crisis diplomática surgida entre México y España con Bolivia por dos circunstancias ocurridas en semanas recientes: con México, por el maltrato dado a los bolivianos por parte de las autoridades de ese país, que acogieron como asilado al expresidente Evo Morales y le dieron palestra para que, desde allí, hiciera constantes llamados a la violencia. Las autoridades mexicanas tienen parte de responsabilidad en los enfrentamientos que ocurrieron y eso definitivamente marcará las relaciones entre ambas naciones en el futuro.

Con España la situación es diferente, el distanciamiento ocurrió cuando ese país no logró explicar adecuadamente por qué seis policías encapuchados, llamados GEO, fueron a recoger a dos de sus diplomáticos una vez que estos realizaron una “visita de cortesía” a la embajadora de México en La Paz, en el muy inusual horario de las ocho de la mañana. Tampoco explicó por qué su  encargada de Negocios y su cónsul hicieron la visita juntos (no es usual que ello ocurriera). Se limitó a señalar que se realizaría una investigación. Ese era el momento adecuado para que España pidiera disculpas y quizás el conflicto hubiera “desescalado”, como expresó después su gobierno en un comunicado. Hasta la fecha, lo que pudo ser un impase debidamente explicado se está convirtiendo en el espacio para todo tipo de especulaciones, desde las teorías conspirativas  que los mismos españoles alimentan, hasta la preocupante ausencia de explicaciones convincentes que las atenúen.

En este marco se ha producido la expulsión de los diplomáticos mexicanos y españoles ante lo que se considera un trato desconsiderado con respecto a Bolivia, acción que, sin embargo, este diario considera que fue excesiva. El país necesita tener aliados, y España es crucial en ese sentido, como se ha comprobado en el periodo de pacificación en noviembre pasado.

El conflicto incluso generó una reacción de la Unión Europea que, mediante un comunicado expresó  “su profunda preocupación por la escalada de tensión diplomática” y solicitó “a la brevedad una explicación de parte del Gobierno interino de Bolivia”, porque   “la expulsión de los funcionarios diplomáticos es una medida extrema e inamistosa que debe reservarse a situaciones de gravedad”. En ese marco, la canciller  Longaric convocó a los representantes de la UE a una reunión a la cual no asistió ningún representante español, pero en la que la delegación europea limó asperezas con las autoridades bolivianas y reafirmó su compromiso con el país.      

Dicho esto, tampoco se puede dejar pasar que en el comunicado emitido por la presidencia española a raíz de los sucesos comentados, se haya incluido un párrafo que es agraviante: mencionar a los bolivianos que viven en ese país. Afirma el texto: “España es y ha sido siempre un país abierto los ciudadanos bolivianos que han querido vivir en nuestro país siendo en la actualidad cerca de 200 mil  y encontrándose plenamente integrados en nuestra sociedad”.

¿Por qué esa mención en el marco de un lío diplomático? ¿Es una amenaza velada? ¿Es porque debemos “agradecer” aquello? ¿Por qué se habla de esos 200 mil  compatriotas, pero no se explica qué hacían los seis encapuchados?

España muestra arrogancia con ello, además de un desagradable complejo de superioridad. La primera reacción obvia ante ello es preguntarse cuántos españoles llegaron a Bolivia durante siglos y ocuparon los sitiales más importantes de la sociedad. ¿Y ahora nos enrostran que hay migrantes bolivianos en su suelo? Esos migrantes, habría que recordarle a su gobierno, son un aporte al desarrollo español y en Bolivia no nos jactamos de eso.

No cabe duda que este episodio pasará a la historia como uno de los eventos diplomáticos más desagradables y menos claros para los países involucrados, pero también como una evidencia de cómo la pugna ideológica está causando una inaceptable polarización en todos los ámbitos y cuánto falta para que Bolivia sea debidamente respetada por naciones de mayor poder político y económico.

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