Editorial

EEUU: el debate de la derrota

jueves, 1 de octubre de 2020 · 00:15

En un mundo partido en dos hay cada vez menos cabida para la ecuanimidad. Todo es blanco o negro. Por ello, del caótico debate entre los candidatos a la presidencia de EEUU, el presidente Donald Trump y el exvicepresidente Joe Biden, a ambos se los considera  ganadores. Incluso al moderador del mismo, el experimentado periodista Chris Wallace -quien tuvo el arduo e infructuoso trabajo de controlar el pugilato-.

Demócratas y republicanos han hecho poca autocrítica de la actuación de sus representantes, que aspiran nada menos que a conducir el (todavía) país más poderoso del globo. Ambos bandos se consideran victoriosos, de un show en el que, durante 90 minutos, se asistió a un contienda desordenada y con poca sustancia, de la que surgieron frases sueltas, pocas propuestas, mentiras y datos engañosos, y escasas certezas sobre qué le espera a ese gigantesco país.

Lo que sí quedó claro es que, como gran parte del continente, EEUU es un país totalmente dividido, donde a los seguidores de unos y otros, republicanos y demócratas, les importan menos lo que ofrecen sus candidatos o lo que representa cada uno de ellos, que la forma en que se defienden y aniquilan al adversario. 

De ahí que en el pseudodebate presenciado el martes primó la espectacularidad y la virulencia, algo que sólo convence a los convencidos y deja todavía más confundidos a los indecisos que, como en Bolivia, representan a una buena parte de los ciudadanos que no se adscriben a uno u otro partido. De hecho, en una encuesta realizada inmediatamente después de la discusión por un canal norteamericano a un grupo de ciudadanos, la mayoría sostuvo que ninguno había ganado.

Viendo de cerca, lo que se presenció fue a un Trump errático en sus ideas -como siempre-, beligerante, que no dejó articular palabra a su oponente ni respetó las reglas del moderador. Absolutamente impetuoso e irrespetuoso, y que reafirma sus posiciones incluso sobre temas polémicos, en los cuales algo de moderación pudiera haber atraído a alguna parte del electorado que no lo apoya; por ejemplo, su negativa a condenar la supremacía blanca; su falta de sensibilidad al evaluar la forma en que en su país se manejó la pandemia;  o cuando explicaron las razones por las que nominó a una persona de su entorno a la Corte Suprema del país, cuando se sugirió que esta designación correspondería a la próxima administración: “porque tenemos el derecho, ganamos las elecciones”.

Fue interesante también la forma en que respondió a la denuncia que publicada por el NYT en la que se revela que el multimillonario mandatario no ha pagado impuestos durante la mayor parte de las últimas dos décadas, y que sólo pagó 750 dólares en 2016. Como suele hacerlo, se limitó a la vaguedad de decir que “he pagado millones de dólares en impuestos”. Las declaraciones de pago, por supuesto, nunca se conocerán.

Biden, por su lado, trató de mostrarse más calmado, pero para algunos le faltó la energía que le sobró a su adversario, y no pudo prácticamente dejar expuesta ninguna idea de forma completa. Se dirigía a la cámara más que a Trump y expresó ideas importantes sobre la economía y el periodo pospandemia que le espera al nuevo Gobierno. Fue mucho más empático, sensato, ordenado y respetuoso, y se puede decir que mantiene una lucidez que los republicanos se han esforzado en poner en duda.

Con todo, queda poca tela para cortar. El sentimiento expresado por algunos analistas es de vergüenza ante el mundo y de derrota ante el pueblo norteamericano: el gran perdedor de esta pugna. 

Lo cierto, empero, es que tampoco se esperaba más de este primer encuentro (habrá un segundo y final debate en unas semanas más): en EEUU, gracias al sistema de voto anticipado, ya han votado por correo casi un millón de personas y buena parte del resto, o ya tiene decidido su voto o no está obligado a votar. 

Otra derrota, también, para la democracia.

 

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