Editorial

Un debate que se le debía a la gente

lunes, 5 de octubre de 2020 · 00:15

Después de una jornada de incertidumbre y tensión, finalmente el Debate Presidencial 2020 contó con la presencia de Carlos Mesa. 

El candidato, que primero había asegurado su presencia, estuvo todo el día en la duda. Inicialmente, sus asesores dijeron que no iba y, horas más tarde, luego de que el bulliyng en redes sociales estallara, finalmente se presentó al evento. Con él, cinco de siete candidatos comparecieron ante los ciudadanos y desplegaron sus ideas y sus propuestas.

Luis Arce, que como su mentor Evo Morales, no se arriesga al debate abierto y sin condiciones, no acudió a la cita. Noche antes ATB, la Federación de Asociaciones Municipales (FAM) y la Confederación Universitaria Boliviana (CUB) organizaron un foro a medida del candidato azul, que con ello ya se dio el gusto de decir que él sí debate.

Luis Fernando Camacho, candidato de Creemos, quien también había asegurado su participación al encuentro del domingo, envió una carta anunciando su desistimiento en vista de la ausencia de Arce y de Mesa (hasta ese momento). Al final, quedó descolocado, pues terminó siendo, junto a Arce, parte de los  ausentes. Sin mencionar que su discurso de valentía y de rechazo a la “vieja política”, quedó con ello en entredicho.

El debate obviamente no fue lo que pudo ser si todos los candidatos se hubiesen podido medir en igualdad de condiciones, como era esperado después de más de 15 años; sin embargo, resultó refrescante que se recupere la práctica del debate democrático. No porque con este vaya a definir el voto, o vaya a hacer que alguien gane o pierda la elección, sino porque es un deber con el ciudadano presentarse  para rendir cuentas de lo que le ofrece a cambio de su voto.

Destacable del debate, el hecho de que los participantes pudieron contraponer propuestas, replicar a otros y exponer criterios. Los estrategas políticos desahuciaron anticipadamente este espacio porque suponían que en él se repetiría la lógica que impera en sus campañas, que es el ataque al contrincante y la guerra sucia. Empero, los asistentes tuvieron una inmejorable oportunidad de dirigirse al electorado sin arriesgar un milímetro su integridad.

Por el contrario, quienes claramente perdieron fueron los ausentes, que dejaron ir la oportunidad de mostrarse abiertos al diálogo, de expresar sus puntos de vista e incluso interpelar a quienes están con ellos en la carrera.

El miedo y el cálculo no se llevan bien con la necesidad de una población que realmente está cansada de las viejas prácticas de los políticos. Cuán bien le harían a sus campañas y sus propias aspiraciones los candidatos si decidieran cambiar la forma de relacionarse con la gente, se quitaran sus armaduras y realmente se acercaran a ella con sencillez y transparencia.

 

 

 


   

50

Otras Noticias