Editorial

Ataques innecesarios e inopinados

viernes, 13 de noviembre de 2020 · 00:15

Si algo va a permanecer en la memoria de los bolivianos por largo tiempo será la personalidad confrontacional, polarizadora y revanchista de Evo Morales. Incluso en sus momentos de triunfo, de victoria, en los que podría prevalecer la gratitud, la bonhomía y el espíritu reconciliador, él saca a relucir sus resentimientos, desaveniencias y malestares. 

Un ejemplo de ello han sido los ataques y advertencias al presidente del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Salvador Romero. Mientras era arropado por miles de simpatizantes en Chimoré, donde se le preparó una multitudinaria bienvenida al país, el expresidente instruyó a la bancada del MAS en la Asamblea Legislativa a interpelar al presidente del TSE, porque, según dijo, pretendió “ocultar los resultados” y por no haber activado el sistema de Difusión de Resultados Preliminares (Direpre).

“Hasta la última noche tratando de engañar al pueblo boliviano. Aprovecho esta oportunidad, convoquen a una interpelación o un informe, el sábado 17 dijo que no había el Direpre, el domingo a las ocho de la noche, tenía que haber informe en boca de urna y nada, después conferencia y nada, ya habíamos ganado y estaban tapando, seguramente preparando cómo ocultar los resultados”, apuntó Morales.

Es cuando menos un despropósito. Si a alguien debiera estar agradecido Morales después de los comicios pasados es al TSE y específicamente a su presidente, Salvador Romero. Mientras surgían las denuncias (nunca probadas) de fraude y se organizaban mitines en diferentes puntos del país pidiendo desconocer los resultados, esta autoridad se mantuvo firme e inalterable en su defensa del proceso y de la transparencia de las elecciones. 

Más aún, antes del acto electoral, fue esta institución la que zanjó una tensión que amenazaba la propia democracia tomando la decisión de convocar a elecciones “impostergables” el 18 de octubre; y finalmente han sido estas autoridades las que han despejado toda duda sobre la independencia del Órgano Electoral, algo que fue puesto en serias dudas con el gobierno de Morales, y que fue una de las principales razones para los conflictos poselectorales que derivaron en su renuncia.

Lo sucedido con el Direpre, cuestionado por todos los flancos, no ha afectado en nada al MAS; por el contrario, es la oposición la que puede sentirse “perjudicada” por esta inesperada  decisión.

Morales, en cambio, ha salido en defensa de los vocales que perpetraron el fraude electoral detectado por la OEA y ha instruido su inmediata liberación, como una forma de limpiar su propia imagen y de quitarse de encima los cargos que existen en su contra por ese hecho. Desde Argentina trató de impartirle una orden a Salvador Romero y los demás vocales para que “mañana (hoy) mismo deben… levanten esa demanda por fraude. ¡Qué fraude!”. Como Salvador Romero no obedeció a sus instrucciones y, por el contrario, dejó el caso en manos de la justicia, Morales salió con la bravuconada de pedir su interpelación.

No solo eso, sino que al llegar a Villazón, fiel a su irrespeto con la independencia de poderes, dijo: “Quiero pedir a las autoridades judiciales, hagan un acto de justicia con miembros del TSE. No hubo fraude el año pasado, ganamos en primera vuelta y ahora nuevamente ganamos en primera vuelta”.

Está claro que Morales emprendió una estrategia de presión al nuevo TSE, a la justicia y ahora a la Asamblea Legislativa para que limpien el fraude electoral de su currículo de vida. Y, en ese afán no duda en presentar a los anteriores vocales como inmaculados y en manchar a los actuales, que, a diferencia de sus predecesores, mostraron decencia y transparencia.

Morales ya le hizo mucho daño a la institucionalidad del TSE nombrando vocales obsecuentes y por lo visto mantendrá esa conducta, aún a riesgo de quitarle legitimidad al nuevo gobierno, porque apuntar contra el árbitro que le dio la victoria a su delfín es también desgastar el limpio triunfo del presidente Luis Arce.
 

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