Editorial

Cuando muere un símbolo

viernes, 27 de noviembre de 2020 · 00:15

Aunque ya se veía en su contundencia y magnitud el deterioro de su salud e integridad física, nadie esperaba la partida de Diego Armando Maradona. Una muerte prematura, no sólo porque apenas había alcanzado los 60 años -un pibe, para estos tiempos de nuevo milenio-, sino porque inagotable como siempre fue, aún se esperaba mucho de él: triunfos, goles, declaraciones y hasta escándalos... Pero, sobre todo porque nadie acepta que sus ídolos, aunque tengan pies de barro como cualquier humano, sean mortales y perecederos.

Maradona, además, atesoró desde muy temprano la inmortalidad, pues a pesar de haber nacido en los márgenes más pobres de una ciudad rica y deslumbrante como es Buenos Aires, impresionó con su talento prácticamente desde que era un niño. Desde el inicio de su adolescencia fue una estrella que sólo fue brillando cada vez más intensamente: sólo se superaba a sí mismo. Precisamente este rebalse de prodigio, esta demasía, selló la vida de Diego Maradona en otras formas, no necesariamente las mejores. El exceso fue su sello con la pelota, pero también en la vida y, como él mismo lo dijo varias veces, fue quien llegó a ser a pesar de eso. “Yo no saqué ventaja, yo di ventaja”, dijo una vez en una entrevista que se realizó a sí mismo, en referencia a sus adicciones.

Por ello, y porque la gente ama a sus ídolos a pesar de todo, el reproche nunca fue una mancha en el amor por Maradona, nunca pudo el juicio y la sanción moral empañar la devoción por un genio del balón como pocos en la historia. Ni lo que hizo ni lo que pensó ni en lo que se convirtió...  Los momentos que Diego Armando Maradona le regaló al fútbol y que el fútbol le devolvió a la gente, a la hinchada global, a través suyo son irreproducibles e invaluables. El amor que la gente le prodigó desde los 80 hasta este último y desgraciado año, siempre tuvieron su correlato en la magia, la entrega, el prodigio, la pasión que desplegó este inigualable y veloz muchacho que corría y gambeteaba con el número 10 en la camiseta. Quedarán en la retina de varias generaciones, pero sobre todo de la suya, la que lo vivió en su gloria del Mundial del 86, sus magistrales pases y su astucia.

No es de sorprenderse, entonces, que su muerte sea el acontecimiento de estos días, que las portadas de los diarios se consagren a él y que miles de hinchas de un deporte que genera grandes pasiones en todo el mundo no encuentren consuelo. En su país, el duelo se expresa en calles colmadas de gente y de lágrimas. Para un país en el que, como dijo Jorge Valdano, “el fútbol es un juego que sólo llega a la mente después de haber pasado por el corazón”, la pérdida del ídolo es insuperable.

 

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