Editorial

La justicia, esa veleta descarada

miércoles, 4 de noviembre de 2020 · 00:15

Uno de los principales problemas de la sociedad boliviana es la mala calidad de la justicia: su dependencia descarada del poder político de turno, su corrupción e inoperancia, su prebendalismo campante. Los bolivianos, desde la fundación de la república, vivimos expuestos a una justicia que lejos de darnos alguna seguridad, constituye una amenaza. Por ello, desde hace muchos años, la “reforma de la justicia” ha sido parte central de la agenda pública; por eso se encontró en las fallidas elecciones judiciales un viso de esperanza; por eso en estas elecciones también el tema estuvo entre las prioridades de promesas de los partidos. Los últimos años han sido un tiempo perdido. Después de dos elecciones de autoridades judiciales, ésta ha llegado quizás a su peor momento porque, al sometimiento acostumbrado al poder, se añade la desvergüenza con que se lo hace, el servilismo abierto con que opera y su falta absoluta de ética.

Todo esto se ha demostrado con desfachatez en los últimos meses. Los mismos operadores de justicia que perseguían a unos empezaron a perseguir a otros y luego revirtieron nuevamente sus posiciones. En cuanto cayó el gobierno anterior, los jueces que habían perseguido por ejemplo a cocaleros de los Yungas, a los acusados del caso Hotel Las Américas, a exprefectos, etc., de repente cesaron los procesos y liberaron a los sospechosos. Fue una descarada muestra de mansedumbre política (aunque hay que admitir que en muchos casos se hizo justicia y muchos inocentes recuperaron su libertad después de largos años de una persecución que fue uno de los rasgos más visibles del anterior gobierno del MAS).

En estos 11 meses, los mismos operadores de justicia que se habían postrado a los pies del gobierno de Evo Morales, empezaron a acusar a los dirigentes del MAS con agilidad asombrosa. Por ejemplo, quienes lograron refugio en la Embajada de México fueron rápidamente acusados, en varios casos sin base legal muy clara, y así permanecieron este periodo. Ahora, otra vez esos mismos jueces y fiscales analizan el cambio de poder para tomar nuevas decisiones. La victoria del MAS en las elecciones  ha hecho que empiecen nuevamente a acomodarse a las nuevas circunstancias. Por ejemplo, con una rapidez que añoran miles de víctimas de la retardación, han dejado sin efecto el juicio por terrorismo y sedición instaurado contra el expresidente Morales y las acusaciones de fraude electoral contra el exministro de Justicia  Héctor Arce. 

La justicia boliviana siempre tuvo problemas: la corrupción, ineficiencia y deshumanización son rasgos que arrastra desde hace décadas. Pero todo empeoró con el largo gobierno del MAS, que judicializó la política a niveles nunca vistos y usó ese órgano del Estado para perseguir a sus opositores. En realidad, las elecciones judiciales fueron un efectivo método que usó el MAS para poner en las listas a operadores de justicia utilitarios a este partido y sus intereses. La elección no tuvo representatividad, pero poco importaba que los jueces sean posesionados con el 2 o 3% de los votos mientras puedan ser funcionales a sus demandas.

Estos días, el sometimiento mostrado por jueces y fiscales va más allá de lo que representa poner en fojas cero procesos que debieron antes ser esclarecidos… Se borra con el codo lo que se escribió con la mano y seguramente veremos recrudecer la revancha con forma de “justicia” para los enemigos de turno.  Aunque el presidente electo Luis Arce ha señalado que cambiará al sistema judicial y que se designará los cargos  siguiendo normas de meritocracia, tenemos que exigir que esta promesa no se la lleve el viento, como la primera que hizo, de que gobernaría para todos, pero luego respaldó que el Legislativo saliente cambiara la norma de los dos tercios.   No podemos tolerar más este bajo nivel en la administración de la justicia. La reforma judicial debe estar entre los primeros temas de la agenda pública, no sólo para exigirle  cambios al Gobierno, sino para convertirla en causa permanente de la lucha democrática.

 

 

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