Editorial

El destino de la fábrica de úrea

miércoles, 12 de febrero de 2020 · 00:15

El Gobierno empieza a enfrentarse a los problemas heredados del régimen anterior en lo que se refiere a administrar decenas de “elefantes blancos”, es decir proyectos de muy escasa o nula utilidad.

El más importante de todos ellos es la fábrica de úrea de Bulo Bulo, construida en el insólito precio de 1.000 millones de dólares. El expresidente Evo Morales se empecinó en esa obra, como en tantas otras, y sus asistentes y ministros no tuvieron ni la actitud profesional ni ética de contradecirlo y evitar esa barbaridad.

En total se estima que el Gobierno anterior despilfarró, siempre con la autorización del expresidente Morales y de su exministro de Economía, Luis Arce, unos 3.000 millones de dólares en proyectos inviables, mal diseñados y excesivos.

La planta de úrea, en ese sentido, sólo ha funcionado a un 8% de su capacidad, han señalado las actuales autoridades. El objetivo de la planta era de producir 2.100 toneladas por día de úrea. No se llegó ni a un décimo de ello.

La fábrica tiene varios problemas, entre otros su ubicación: al estar en el Chapare, y no haber ferrocarril hasta Santa Cruz y la frontera con Brasil, el costo de transporte es muy alto. También se menciona que la humedad del trópico cochabambino perjudica la producción y que en general la planta no cumple con los estándares internacionales de calidad.

Por eso, el ministro de Hidrocarburos, Víctor Hugo Zamora, señaló que existe la idea de trasladar la fábrica, lo que tendría un costo de 160 millones de dólares, hasta Puerto Suárez, en la frontera con Brasil, para estar más cerca de los mercados externos.

Pero esa solución enfrenta otros problemas: en primer lugar, el elevado precio, que un país pobre, con una economía deficitaria, debería evitar. En segundo lugar, existe un asunto político: los cocaleros ya han señalado que se opondrán a un posible traslado.

Tal vez se podría usar una solución intermedia: redimensionar la planta y, con ello, su capacidad de producción, digamos a un tercio de lo previsto originalmente, lo que ayudaría a reducir los costos y quizás lograr algunas utilidades. En ese caso, se debería vender el producto sólo al mercado interno boliviano, ya que de todos modos la exportación ha sido casi nula por los bajos volúmenes producidos.

Posteriormente, éste y el futuro Gobierno necesitarán analizar qué hacer con otras fábricas sobredimensionadas, como la de azúcar de San Buenaventura, que funciona al 10% o menos de su capacidad. En algunos casos no habrá otra salida que cerrar otras, que son deficitarias. Serán decisiones polémicas y dolorosas, pero inevitables.
 

 

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