Editorial

Ecos de temblores internacionales

sábado, 8 de febrero de 2020 · 00:15

Como ya se había previsto casi desde el inicio del proceso iniciado por el partido demócrata norteamericano, el “impeachment” fracasó y el presidente Trump no fue removido de su cargo, no porque faltaran pruebas o porque las faltas que cometió no justificaran su remoción -aspectos sobre los que no nos podemos pronunciar desde aquí- sino porque las cartas estaban marcadas. 

La remoción de un presidente en Estados Unidos debe ser aprobada por dos tercios del Senado y éste es controlado por el Partido Republicano que de inicio había tomado la posición de no condenar a “su” presidente, sean cuales fueran las pruebas presentadas. Es más, se opuso a que se llamen testigos que ofrezcan pruebas adicionales. Los senadores del Partido Republicano estaban más preocupados con las elecciones que ellos mismos deben enfrentar que en el debido proceso. 

La oposición demócrata acusaba al 45º Presidente de Estados Unidos de haber utilizado recursos del Estado, en particular asistencia militar validada por el Congreso, para tratar de obligar a Ucrania a “ensuciar” a un potencial rival político, el exvicepresidente demócrata Joe Biden. 

Desde que estalló el escándalo, el inquilino de la Casa Blanca afirma ser víctima de una “caza de brujas” orquestada por sus oponentes que no habrían digerido su victoria de 2016.

Esta decisión afecta directamente muy poco a Bolivia. El gobierno de Trump o de su sucesor republicano, o de cualquier otro probablemente, actuará con nuestro país de acuerdo con intereses geopolíticos.

Sin embargo, el buen funcionamiento de la democracia nos interesa. No hace mucho, Estados Unidos promovía la imagen de ejemplo de democracia y pretendía dar lecciones al mundo sobre sus mejores prácticas. 

El referido episodio y casi todo lo que respecta al gobierno de Donald Trump contiene lecciones muy interesantes de cómo el buen funcionamiento de una democracia no depende solamente de la existencia de buenas leyes y su estricta aplicación, sino de códigos no escritos cuyo respeto en última instancia debe ser exigido por la instancia soberana, el electorado.

Si los representantes violan esos códigos y el electorado no castiga con su voto lo que han hecho, el sistema se quiebra. Máxima que vale en democracias avanzadas y en desarrollo. 

Como ejemplo: uno de los elementos clave para el correcto funcionamiento de la democracia es el equilibrio de poderes y el debido respeto a las funciones de cada uno. Cuando el Ejecutivo decide ignorar los pedidos de información que realiza el Legislativo para su tarea de fiscalización con el argumento de que su motivación no es válida, el sistema deja de funcionar. 

Esto y cosas parecidas han sucedido y están sucediendo en la democracia de Donald Trump, y se explican en gran parte por dos aspectos: la concentración de partidos en dos, y la dispersión de los medios. Cuando sólo hay dos partidos, el poder se polariza y la política se convierte en enfrentamiento. Cuando hay demasiados medios de comunicación, hay demasiadas verdades para elegir, ellas se relativizan y el debate que es esencial para el funcionamiento de la democracia se hace estéril.

 En Bolivia hemos vivido un periodo de falencia democrática cuya disfuncionalidad tenía otras raíces: el control del  Parlamento por un solo partido y la debilidad de la oposición para contrarrestar ese defecto. Esto llegó a su fin cuando esa opinión pública, indignada, se volcó contra ese abuso.

Simplificaciones perdonadas, esperamos haber logrado compartir la preocupación de que la democracia es un sistema frágil, incluso en el mejor escenario. Esto vale para países desarrollados y no. Cuando los maestros fallan, los alumnos deben aplicarse el doble.

Apenas fue absuelto, Trump tuiteó un video, que ya había publicado el año pasado, de un montaje que representa una portada falsa de la revista Time declarándolo presidente por toda la eternidad. Si esto ocurre en el país más poderoso del planeta, ¿qué podemos esperar del resto del planeta?
 

 

 

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

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