Editorial

El calamitoso estado de la salud pública

domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:15

Tenemos miedo, no podemos dejar de tenerlo. Sabemos que este virus más que letal es increíblemente contagioso y si, como refieren las cifras globales, deja que entre el tres y el 5% de las personas que lo contraen presenten complicaciones, los cálculos pueden resultar dramáticos.

Pero lo angustiante  tiene que ver, principalmente, como lo demuestran los países que están afrontando la peor crisis de salud que se tenga registrada, con el colapso de los sistemas de salud.

Ese porcentaje de personas que presentan complicaciones y pueden requerir internación o, en el peor de los casos, terapia intensiva, es engañosamente bajo: puede representar cientos o miles de personas enfermas de gravedad al mismo tiempo, requiriendo los mismos equipos para su recuperación y la asistencia del mismo personal médico. A lo que, por supuesto, se suman los enfermos regulares de otras patologías que necesitarán espacio en los hospitales y apoyo de los profesionales en salud.

En estos días hemos visto cómo la cifra de muertos creció en Italia que ya vive una tragedia peor que la China; o en España, que tiene un excelente sistema de salud, pero no puede controlar la expansión de la enfermedad. Esto es porque los sistemas de salud de estos países han sido sobrepasados, se les han agotados los insumos y los recursos humanos. 

En Alemania, uno de los países con mayor desarrollo humano, la mayor preocupación es  que,  si la epidemia continúa extendiéndose, habrá suficientes lugares con equipo respiratorio para tratar a los pacientes con Covid-19. Alemania tiene 25.000 camas de cuidados intensivos con ventiladores artificiales en 1.160 hospitales para una población de 83 millones. A la fecha ha presentado cerca de 10.000 contagiados y sólo 20 muertos, con lo que la tasa de letalidad en el país se establece en 0,18%, una cifra muy baja en comparación con 8,3% de Italia, el cerca de 4% de China o España, y 2,9% en Francia.

¿Si en países del primer mundo como los mencionados estas son las cifras y estos los resultados, y se habla de una devastación peor que la ocasionada por la Segunda Guerra Mundial, se imagina usted, querido lector, lo que podría pasar en Bolivia con la carencia de personal médico, con apenas una decena de hospitales de tercer nivel en todo su territorio y contadas camas de cuidados intensivos solamente en las ciudades capitales?

En la ciudad de La Paz, sede de Gobierno, con más de dos millones de habitantes, apenas 35 camas de terapia intensiva están disponibles.  En este mismo momento, sin que ni un solo paciente de Covid-19 en el país haya estado en estado crítico, todas esas camas están ocupadas por pacientes con otros problemas. Por supuesto, entonces, que en caso de un brote del virus descontrolado, estamos condenados a morir.

Los epidemiólogos más importantes calculan que se van a contagiar entre el 10 y 50% de la población de todos los países y que la única forma de retrasar y enlentecer este contagio es evitando el contacto entre las personas y asegurando el aislamiento efectivo de los que estén en cuarentena. Afortunadamente, esta medida ya ha sido tomada por el actual Gobierno. 

Pero al margen de ello, cómo es que hemos llegado a esta dramática vulnerabilidad? Claramente tiene que ver con la escasa importancia que durante los últimos años se le ha dado a la salud pública. 

Evo Morales, que gozó del probablemente mayor periodo de bonanza económica de la historia, privilegió una serie de inversiones como tres decenas de elefantes blancos y megaproyectos de dudoso retorno y   descuidó escandalosamente la salud y la educación. Las crisis vividas por los pacientes con cáncer desnudaron la carencia absoluta del sistema de salud pública del país y lo vulnerable que estamos los bolivianos ante cualquier enfermedad.

Si ahora no tenemos suficientes camas en los hospitales, si carecemos de especialistas, si no contamos con el equipamiento necesario, no es porque llegó esta o cualquier otra enfermedad o virus, sino porque nuestros gobernantes por más de una década (y antes también) han privilegiado las inversiones demagógicas, los palacios y museos de culto a la personalidad y las elecciones (una tras otra) para permanecer en el poder. Tenemos que decirlo, la historia se los tiene que demandar.

 

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