Entre la emergencia sanitaria y la crisis económica

domingo, 5 de abril de 2020 · 01:36


Saber decidir es una de las destrezas más importantes que puede tener una persona. Cuando se trata de una autoridad de gobierno, cuyas decisiones buenas y malas afectan la vida de millones de personas, esa destreza adquiere una dimensión incuestionable.


Hemos dejado atrás los tiempos en los que los gobernantes decidían solos, basados en intuiciones del momento o caprichos, sin herramientas de análisis o los límites de la ley. De hecho, uno de los problemas del autoritarismo en el que estaba cayendo el país con el anterior gobierno era la arbitrariedad de decisiones del primer mandatario, con la obsecuencia de su partido y de la Asamblea.

Sin embargo, los límites legales y políticos que tiene un gobierno a la hora de tomar decisiones no bastan para hacer que desaparezcan las dificultades. En política, rara vez las decisiones son puramente técnicas y con mucha frecuencia el dilema no es solo de costo beneficio sino de elección entre dos bienes, o más delicado aún, entre dos males.

La crisis del coronavirus pone en aguda evidencia este dilema, que adquiere una complejísima magnitud en casi todos los países del planeta afectados por la pandemia y que tienen que elegir entre prevenir más muertes e impedir un daño a sus economías. 

Este no es un dilema entre vidas y dinero, ya que una contracción severa de la economía implica a la larga, en países como el nuestro, más muertes por desnutrición y enfermedades. Es irresponsable hacerse la ilusión de que se puede prevenirlo todo o ignorar el problema porque caerá en las manos del próximo gobierno.

En este momento, los gobiernos están optando por salvar vidas. Gran Bretaña ensayó una apuesta por la economía, pero se tuvo que echar atrás ante el costo político de las muertes de personas mayores. Otros, como Suecia, están intentando proteger la calidad de vida, dejando que los ciudadanos opten responsablemente por protegerse o exponerse según su edad o perfil de riesgo. 

La ecuación es distinta en cada país. Aunque el número de infectados está determinado por el poder de contagio del virus, el número de muertos depende mucho de la distribución de edad de la población: en el caso europeo, la mortalidad por encima de los 80 años está siendo del 18% y la de los menores de 30 años de menos del 0,5%. 

Un país indisciplinado pero joven como el nuestro, cuya mediana de edad es 24 años, tendrá muchos infectados pero pocos muertos, comparando con Europa, cuya media es 43. El mismo argumento en mayor grado se aplica a África. 

Bolivia podría considerar si la receta europea de sacrificar la economía para salvar vidas debe aplicarse, considerando que inmensa mayoría de esos contagios no resultará en muertes, mientras que el impacto económico será sentido en una población que no puede soportarlo y con un gobierno que tiene recursos limitados para paliar este impacto. Sin embargo, la enorme precariedad de su sistema de salud y de las medidas para impedir que el contagio se masifique son tan limitadas que sólo la opción de un aislamiento estricto parece ser adecuada ante una expansión incontrolable de la enfermedad. Es decir que por estas condiciones, en país la afectación podría no limitarse a la población en riesgo, sino a todos las edades, lo que sería catastrófico.

Sin embargo, es preciso volver a pensar en la economía: ¿qué se puede hacer para evitar su colapso y consecuente crisis nacional? En muchos países esa responsabilidad se está transfiriendo a los Estados, pero ya sabemos que el nuestro apenas puede administrar un bono para un sector de la población. Y, muy pronto se necesitarán medidas para salvar empresas, trabajadores y otros sectores. ¿Cómo? No hay una sola respuesta, ni son decisiones fáciles, pero el gobierno debe hacer lo que es mejor para el país, considerando que lo que puede ser óptimo en China o Europa, cuyas características económicas y demográficas son muy distintas, puede no ser efectivo o posible en Bolivia.

Mientras se pelea con la emergencia sanitaria, hay que aguzar la creatividad para plantear soluciones en las semanas por venir. Se necesita ingenio, renuncia, cohesión política y mucho liderazgo. Ojalá todos estos factores puedan coincidir en el país.

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