Editorial

El racismo sistémico en EEUU

lunes, 8 de junio de 2020 · 00:14

En muchísimos aspectos, la vida y la muerte de George Floyd -asesinado por un policía en Minneapolis- es la de todos los afroamericanos, un recordatorio de una normalidad que empieza a ser invivible para uno de los países más ricos del mundo.

El país del sueño americano hace décadas, quizás siempre, ha dejado de ser esa tierra de oportunidades donde el trabajo duro era bien recompensado con un futuro incomparable. El único sueño americano posible es pertenecer a las élites blancas tradicionales -no negras ni inmigrantes-, que nacen destinadas a perpetuar los privilegios de los que gozan generación tras generación. Para un afroamericano común y corriente, como prácticamente todos los americanos de color, acceder a una vivienda propia, a una buena educación, a una universidad y luego a un futuro “a la americana”, con final feliz, es casi tan imposible como sacarse la lotería con el primer billete comprado.

La “normalidad” norteamericana tiene interesantes cifras: educación, salud, acceso a la riqueza y vigilancia son algunos de los aspectos que ilustran más la segregación racial existente, instituida y legalmente reconocida en EEUU.

Vamos con algunos ejemplos. Para la mayoría de los estadounidenses blancos, las interacciones con la Policía rara vez ocurren, y a menudo son respetuosas o incluso amigables. Muchas personas blancas no conocen a una sola persona que esté tras las rejas. En muchas comunidades negras, y especialmente para los hombres negros, la situación es completamente diferente. A los 30 años, cerca del 10% de los hombres negros han estado tras las rejas alguna vez en su vida. Las tasas de encarcelamiento para ellos son aproximadamente el doble que las de los hombres hispanos, cinco veces más altas que las de los hombres blancos y al menos 25 veces más altas que las de las mujeres negras, las mujeres hispanas o las mujeres blancas.

Pero, la forma más estructurada de segregar a la población afroamericana viene de la cuna. Décadas después de la Guerra Civil, varias agencias gubernamentales dibujaron mapas que dividían a las ciudades en sectores mejores y peores para la inversión, tanto pública como privada. A esta práctica se llamó redlining. En estos barrios menos favorecidos se han ubicado tradicionalmente las familias negras.

Históricamente, tener una casa y una educación universitaria es la forma más expedita para una familia americana de construir riqueza, pero cuando una familia afroamericana quiere comprar una casa, los bancos niegan el préstamo porque esta familia vive en un vecindario que está  redlined; por tanto, no puede acceder a una vivienda propia, solamente debido a su raza. Hasta inicios de este siglo era más probable que un banco confíe en una familia blanca de escasos recursos que en una afroamericana. Como resultado, ahora, por cada 100 dólares de riqueza que tiene una familia americana blanca, una de color tiene cinco dólares. 

Otro aspecto es la educación. El modo en que los americanos acceden a la educación es pagando sus impuestos de propiedad. Gente que vive en mejores barrios accede a mejores escuelas, tiene mejores profesores y tiene mejores oportunidades de ingresar a una buena universidad. Pero esto no acaba acá: si, contra todo pronóstico un joven de color accede a una prestigiosa universidad norteamericana, su hoja de vida no es tan atractiva como la de un colega suyo del mismo curso, de la misma carrera, de la misma universidad. Los estudios demuestran que las hojas de vida con “nombres que suenan blancos” tienen el doble de oportunidades que aquellos que “suenan negros”. Estos prejuicios implícitos y normalizados en la sociedad americana son la razón del amplio rango de desempleo negro en ese país.

Se puede evidenciar estos prejuicios de raza casi en cada aspecto de la sociedad americana; las disparidades en acceso a la riqueza, representación política, educación y cifras de encarcelamiento son ilustrativas. El mayor desafío de este racismo sistémico  es que no hay una entidad que sea responsable del mismo y pueda cambiarlo. Pero problemas sistémicos requieren soluciones sistémicas y si algo de esto puede gestarse, en algún momento, será una razón más para no olvidarnos de Floyd ni de miles que como él han sido víctimas de la falta del respeto a sus vidas en el país más rico del planeta.

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