Editorial

La potente palabra de Alexandria Ocasio Cortez

sábado, 1 de agosto de 2020 · 00:15

Ojalá Alexandria Ocasio Cortez (AOC) pudiera ser la próxima presidenta de los EEUU como lo vaticinan las impredecibles redes sociales. Ojalá que así fuera, no sólo por ser mujer y por su ascendencia latina, pues aportaría a renovar el anquilosado manejo del poder en EEUU, sino por su frescura, inteligencia y gran talento discursivo.

Pero, los vaticinios, peor aún si vienen de los gurús de espuma de las redes sociales, son sólo eso; frases echadas al viento en el momento oportuno para crear tendencia.

Lo que hay que esperar que no sean palabras al viento es el discurso que hace unos días emitió esta congresista demócrata neoyorkina a propósito de una agresión verbal de la que fue objeto por un colega suyo, legislador también del partido Republicano.

Ocasio se dirigió a sus colegas, y a la vez al mundo entero, con un discurso que toca las fibras de la violencia machista, pero sobre todo de éste (el machismo) y el poder de las mujeres en todo sentido. 

OAC fue insultada por el congresista Ted Yoho por un desacuerdo político: ella afirmó en el plenario que el reciente aumento criminal en Nueva York “se debe a los padres hambrientos que roban comida para sus hijos, pues es necesario recordar que debido a la pandemia del coronavirus, EEUU se encuentra sumergido en una gran crisis económica y laboral”. Yoho no vio mejor manera de expresar su desacuerdo que aprovechar un encuentro en las gradas del Capitolio para insultarla. Es decir, no rebatió sus ideas, simplemente usó la violencia para amedrentarla, denigrarla y en lo posible acallarla.

El discurso que, en consecuencia, Alexandria Ocasio pronunció en la Cámara de Representantes desnudó no sólo a Yoho, sino a toda la clase política norteamericana en su más evidente misoginia. “Al hacerle eso a cualquier mujer, lo que hizo Yoho fue darles permiso a otros hombres para que se lo hagan a sus hijas”, aseveró.

Yoho, que presentó disculpas a su colega y sostuvo que no se refería a AOC cuando pronunció el epíteto misógino. “Habiendo estado casado por 45 años con dos hijas, conozco muy bien mi idioma” sostuvo.

“Yoho mencionó que tiene una esposa y dos hijas. Yo soy dos años más joven que la hija más pequeña de Yoho. Yo soy la hija de alguien también”, le respondió AOC y añadió: “No es un incidente. Es cultural”, en alusión a una cultura de aceptación de la violencia y del lenguaje violento hacia la mujer.

Las palabras de la demócrata fueron respaldadas por el testimonio de otras congresistas que denunciaron haber sufrido abusos por el hecho de ser mujeres y practicar la política.

El hecho es que tanto la agresión de Yoho como la alocución de Ocasio ponen en claro que la intolerancia política adquiere connotaciones mayores cuando la oponente es una mujer. Como lo demostraron varias otras legisladoras norteamericanas, el insulto y la denigración por la condición de mujer es la primera arma que se usa ante el desacuerdo. Y  esta actitud no es exclusiva de estos espacios, se luce en todos los ámbitos del quehacer humano para invalidar a una mujer. “Sucede cuando las personas que ocupan el cargo más alto en esta tierra admiten haber lastimado a las mujeres y usan este lenguaje contra todas nosotras”, añadió Ocasio en una frase dedicada a Donald Trump.

La lección que deja este incidente no se aplica únicamente a la política norteamericana. Es apreciable casi en cada rincón del mundo, con mayor o menor énfasis. El espacio ganado por las mujeres en la escena política es quizás uno de los más difíciles, precisamente porque por tradición este es un espacio patrimonial de los hombres y las actitudes misóginas, tutelares, invisibilizadoras o abiertamente violentas pueden ser enumeradas en prácticamente cualquier país.

Bolivia puede dar ejemplos de ello, con cientos de mujeres que año a año son acosadas políticamente para que dejen los cargos para los cuales han sido electas, o para que cedan espacios de poder -a pesar de haberlos ganado por el voto- en pos de sus pares varones. 

Ocasio ha plantado una semilla incómoda en la reflexión global: la de la coherencia de los hombres que se dicen pluralistas –e incluso pro-feministas- pero no dudan en menospreciar la opinión de una mujer y mellar su dignidad.

 

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