Editorial

2022 un año para la esperanza

viernes, 31 de diciembre de 2021 · 05:14

El año pasado la humanidad entera veía la llegada del 2021 con la ansiedad de quien desea pasar la página de un evento desagradable y doloroso. La pandemia nos había entregado el peor año vivido por esta generación de la humanidad y nada parecía más necesario que mudar el escenario con la ilusión de que, con el nuevo ciclo, desaparezcan las amenazas y los miedos.

Pasó todo lo contrario. El 2021 supuso menos confinamientos y el mundo empezó a moverse fingiendo episodios de normalidad, pero fue otro conjunto de meses y estaciones plagadas de incertidumbres y miedos. A la certeza de que el virus se había instalado en nuestras vidas con nuevas variantes y sucesivas olas, le siguieron las crisis económicas (la pandemia llevó a casi 100 millones de personas a la pobreza extrema y desaparecieron 114 millones de fuentes de empleo) y las crisis sociales desnudaron algunas de las otras enfermedades de la humanidad: la violencia, el autoritarismo y la inequidad.

El resultado de un primer año de pandemia no fue, como se pensó en un inicio, un mundo más solidario, más compasivo con el otro, más consciente con el entorno ni más justo. Por el contrario, en tiempos pandémicos crecieron las diferencias, la discriminación, el abuso y la depredación. Lo que se vio como una oportunidad para mudar algunos hábitos de consumo y dar tregua al planeta, no fue más que un espejismo, y la degradación ambiental se mostró más fiera que nunca.

En este contexto, sin embargo, también aparecieron las vacunas y (aunque paradójicamente surgieron los más grandes movimientos antivacunas que se hayan conocido en la historia) surgió la esperanza de que la pandemia vaya declinando.

El fin de este azaroso 2021 no está siendo, con todo, el remanso que se esperaba. La cuarta ola ha traído una de las variantes más contagiosas hasta la fecha: la ómicron, que ya ha puesto a medio planeta de cabeza, devolviendo los aprestos de restricciones que fueron la constante todo el año.

Bolivia se encuentra con las peores cifras de infectados de toda la pandemia. La vacunación ha ayudado mucho, pero no se han alcanzado los niveles deseados y la factura es una serie de limitaciones y la obligatoriedad del carnet de vacunación.

Así, otro fin de año nos sorprende con distanciamientos e indefiniciones. El momento de renovación, desecho de emociones negativas y optimismo, no alcanza a concretarse en medio de un escenario incierto.

Por eso mismo, una vez más, el año que se avecina es depositario de grandes esperanzas. Los científicos opinan que, aunque más contagiosas, ésta u otras posibles variantes de la Covid 19 irán siendo cada vez menos letales, llegando eventualmente a convertirse en una enfermedad endémica entre otras. Además, hay mucha esperanza en la ciencia, aunque como nunca antes debe ésta enfrentar corrientes conspiracionistas por doquier.

Como país, también arrecia la esperanza. Una mirada optimista ante una cuarta ola que esperamos no cobre más vidas de los bolivianos, y ante un escenario político y social que todos queremos apueste más por el bien común que por la confrontación, el sectarismo y los proyectos particulares.

Una gestión que se las juegue por la reactivación del país, que incluya a todos los sectores y regiones, y que se concentre en asegurar mejores condiciones de vida para todos, es ahora más imperiosa que nunca. Cabe la esperanza en una clase política más propositiva, más responsable, con vocación más de servicio que de poder, que reniegue de los excesos y enseñe con el ejemplo lo que es construir un país diverso e inclusivo.

En tiempos de tempestades no caben esperanzas, pero es precisamente a ellas que hay que aferrase como un acto de resistencia y rebeldía. La raza humana ha sobrevivido a grandes desafíos, al igual que el pueblo boliviano. Esperemos que este 2022 traiga la satisfacción de metas cumplidas y retos superados.

Bienvenido 2022.

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