Editorial

Vestir a alguien de mujer como castigo

lunes, 1 de febrero de 2021 · 05:20

Pobladores del municipio de Cocapata, del departamento de Cochabamba, obligaron al presidente del Concejo Municipal, Félix Padilla, a vestirse de mujer a manera de castigo. Fueron simpatizantes masistas los que promovieron la medida y mostraron de esa manera su molestia por la inasistencia del alcalde Darío Cabrera, aliado de Padilla, a una reunión y porque las listas de candidatos al municipio no eran de su agrado. Un grupo de personas sujetó a Padilla contra un pilar y fue vestido con polleras y sombrero. El afectado trató después de minimizar los hechos, casi justificándolos.

No es la primera vez que ocurre esto en Bolivia, ni mucho menos. Las muestras de este tipo de castigos en ciertas comunidades rurales, además de ciudades intermedias bolivianas, sobre todo del occidente del país, son frecuentes. Lo más triste de todo esto es que muchas mujeres participan activa y entusiastamente en esta forma de realizar escarmientos.

Esto ratifica que en la mentalidad de algunos sectores de la sociedad boliviana está profundamente arraigada la idea de que ser mujer es malo, es vergonzoso, es degradante. Si un castigo por haber cometido una presunta falta es ser vestido de mujer, entonces en la psiquis de esas personas está que también es deshonroso ser mujer.

Por supuesto que todo ello tiene, luego, relación con la alarmante cifra de feminicidios y violencia contra la mujer que se registra en el país, una de las más altas del mundo si se compara por población.

Que autoridades locales y jefes vecinales participen de estos eventos (lo hicieron en Cocapata) es indignante, porque son ellos precisamente quienes deberían cumplir las leyes de protección a los grupos vulnerables. Estos dirigentes políticos, en este caso del MAS, deberían ser sancionados de alguna manera por su inaceptable comportamiento.

Soluciones a problemas tan fuertemente arraigados en la sociedad son difíciles de lograr. A corto plazo tal vez ayudaría que se sancione, cada vez que ocurren, a los responsables de organizar estos eventos. Y a largo plazo debe usarse, ya se ha dicho mil veces, la educación, para que niños y niñas aprendan desde pequeños los valores del respeto mutuo, del uso del diálogo para resolver los problemas, de la igualdad de género, etc. Pero para ello habría que cambiar la currícula escolar y la manera cómo se forman los maestros en el país, y esa es una tarea casi imposible porque los sindicatos educativos tienen el poder suficiente para bloquear cualquier reforma y mantienen a este sector con valores inaceptables, como el verticalismo y la formación memorística de los alumnos. En algún momento hay que empezar a cambiar.

 
 

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