Editorial

El fracaso de la reforma judicial

domingo, 14 de febrero de 2021 · 05:15

A finales de noviembre, apenas posesionado el nuevo gobierno del MAS, los bolivianos aplaudíamos de pie y con esperanza el anuncio de una profunda, real y sincera reforma judicial. El recién posesionado ministro Iván Lima llegaba con las credenciales para encabezar el proceso y su discurso era democrático y reformista, no sectario demagógico.   A él se sumaba una Comisión de Notables, que compuesta por 10 destacados juristas de todo el país representaba la garantía de la pluralidad y seriedad de un proceso que finalmente sería encarado honestamente.

Demasiado bueno para ser cierto. Esa es la conclusión que viene a tono ahora que, casi tres meses después, vemos que poco o nada queda de la bullada oferta.

Recordemos que el ministro de Justicia, Iván Lima, propuso una reforma que dotaría a la justicia de independencia y recuperaría la meritocracia en la elección de autoridades. Otras prioridades serían la reforma de la Ley 348 Para Garantizar a las Mujeres una Vida Libre de Violencia; la reforma Penal, Tributaria, Laboral y la Ley de Hidrocarburos. Para ello, sin embargo, era preciso una reforma constitucional que en principio se propuso se realice junto a las elecciones subnacionales y luego quedó postergada, ahora de forma definitiva, supuestamente por razones económicas.

Sin embargo, en este trayecto la reforma misma fue perdiendo impulso y seriedad. Principalmente por los obstáculos que el mismo partido oficialista le puso. Claramente, en el MAS hay intereses que no coinciden o no pueden coexistir con una reforma profunda de la justicia. La instrumentalización de la misma ha sido una de sus principales armas, como lo ha sido en el pasado de otros gobiernos. Una justicia sumisa, prebendal es la combinación ideal para un gobierno que busca sus intereses políticos antes que el bien común.

Lima ha buscado excusas en los eufemismos: dijo que la reforma que él propuso hacer “de inmediato” ha sufrido una pausa, pero no es un fracaso; que siempre habrá detractores y limitaciones, pero que este proceso seguirá adelante. 

Hace falta fe para confiar en aquellas palabras; sobre todo si al mismo ministro se lo ha escuchado hacer declaraciones insólitas, como que la reforma de la Ley 348 -que los colectivos de mujeres exigen por su falta de adecuada aplicación- incluiría que sea la mujer que sufre violencia quien decida si concilia o no con su agresor.

“Darle la palabra a las víctimas, que las víctimas decidan si van por la vía familiar o vía penal, para mí ese es el cambio fundamental. La víctima tiene que decidir, el Estado no es el padrastro ni tutor de la víctima de las mujeres que sufren violencia, si la mujer quiere ir a la vía penal, va a poder ir, si quiere ir a la vía familiar y resolver su conflicto ahí, lo podrá hacer”, dijo Lima en una entrevista a Gigavisión. El ministro sostuvo que esta propuesta es un “cambio de paradigma” y “es la tendencia en la región”. Asimismo, aclaró que para la modificación de la Ley 348 se está trabajando sobre las propuestas que organizaciones sociales, instituciones defensoras de los derechos de las mujeres y personas particulares hicieron llegar al Ministerio de Justicia y Transparencia Institucional.

Aunque posteriormente el mismo Lima afirmó que había sido malinterpretado y dejó fuera de toda posibilidad la conciliación entre víctimas y victimarios, el daño ya estaba hecho y su credibilidad ha quedado mellada por mano propia.

Es dramático que en Bolivia, uno de los países con más altos índices de violencia contra la mujer en la región, el propio Estado haga siquiera una sugerencia de este calibre; pero no es menos dramático que se realice una propuesta de reforma judicial -sin duda uno de los temas más requeridos por la ciudadanía y por la democracia misma- y ésta quede en el papel y los discursos.  

No es posible, no es aceptable, que por apostar a los intereses del poder político y de la prebenda, los bolivianos estén condenados a la desprotección y a la orfandad de la (in)justicia con un sistema que está cada vez más putrefacto.
 

 

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