Editorial

La deriva de la política del mar

jueves, 25 de marzo de 2021 · 05:15

El 1 octubre de 2018, cuando la Corte Internacional de Justicia de La Haya (CIJ) fue rechazando uno a uno los argumentos presentados por Bolivia en su demanda contra Chile para obligar a ese país a negociar una solución al tema marítimo, muchos de los hitos históricos de ese largo diferendo fueron enterrados.

La petición boliviana ante la CIJ en 2013 había puesto toda la carne al asador; años de negociaciones, avances y retrocesos, fueron apostados en esa instancia con el fin de que Chile fuera obligado a hacer lo que fue consecuentemente dilatado por sus diversos representantes: negociar “de buena fe” para llegar a una solución al enclaustramiento marítimo boliviano.

Aunque la Corte anunció que “este fallo no debe interpretarse como algo que impida buscar una forma de entablar un diálogo sobre este asunto entre ambas naciones”, era claro que el largo y costoso proceso había llevado el tema a fojas cero.

Evo Morales y el MAS, acostumbrados a las lecturas  acomodadas a su discurso, sostuvieron que no había sido total la derrota, que más bien la Corte sugería continuar el diálogo. Claramente una forma de rehuir el impacto de uno de nuestros mayores fracasos diplomáticos.

De ahí en más poco se habló del tema y tanto el gobierno de Jeanine Añez como el reciente de Luis Arce, no pusieron en ello particular énfasis. Es más, el actual Presidente recién se refirió al tema el 23 de marzo, fecha en que se recuerda el Día del Mar, cuando expuso una agenda de nueve puntos que conducirá las relaciones con el vecino país. 

“Retomar el acercamiento bilateral con Chile con diálogo y negociación, a fin de identificar fórmulas de entendimiento e integración entre pueblos hermanos, que nos permitan encontrar una solución concreta, útil, factible y mutuamente beneficiosa al enclaustramiento de Bolivia”, es el primero de los puntos. Los demás aluden a mejorar las condiciones para el libre tránsito, restablecer la confianza en las relaciones bilaterales, precautelar los derechos de Bolivia frente a la privatización unilateral de los puertos chilenos, priorizar el proyecto del corredor bioceánico e impulsar el proyecto de la hidrovía Paraguay-Paraná, entre otros.

El presidente Arce  señaló la necesidad de una solución que “debe ser alcanzada a través de un diálogo sincero y beneficioso”. “Bolivia reitera a la comunidad internacional que la cuestión del acceso soberano al mar para Bolivia es una cuestión abierta y pendiente, cuya solución preocupa a la comunidad internacional”, dijo. 

La respuesta chilena no se dejó esperar. El canciller de Chile, Andrés Allamand, respondió que La Haya resolvió la controversia marítima.  “Chile declara que la insistencia boliviana en el acceso soberano al mar fue definitivamente resuelta por la Corte Internacional de Justicia en 2018, y reitera la plena vigencia del Tratado de Paz y Amistad de 1904. La CIJ determinó que Chile no tenía obligación de negociar dicho acceso soberano al mar”, expresó, aunque sostuvo que su país está dispuesto a retomar el diálogo con Bolivia para tratar temas de interés, como el libre tránsito, el fortalecimiento del comercio bilateral e iniciativas que favorezcan el intercambio político, educacional y cultural. Es decir, diálogo sin mar.

Por supuesto que es importante retomar la agenda del diálogo, y cuán bueno sería que este diálogo esté exento del tono confrontacional que llegó a tener de parte de ambos países. Sin embargo, será muy difícil volver a sentar a Chile en una mesa para discutir en torno a la salida soberana al Pacífico que es un punto que Bolivia no puede excluir.

El restablecimiento de relaciones diplomáticas y la resolución de varias controversias portuarias es imperativo, pero Bolivia necesita mucho más que la agenda planteada ayer por Luis Arce: requiere de un nuevo enfoque del acercamiento a ese país y del tratamiento del tema marítimo que supere el fracaso que significó la política emprendida por Evo Morales de llevar el tema a instancias jurídicas. Ambos vecinos deben encontrar un punto de encuentro. 
 

 

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