Editorial

Lectura de una contundente derrota

miércoles, 14 de abril de 2021 · 05:15

El MAS sufrió una contundente derrota electoral, tal vez la más estrepitosa desde que llegó al poder. Perdió las cuatro gobernaciones que el domingo pasado celebraron la segunda vuelta electoral y con diferencias entre el ganador y el candidato masita que van entre los ocho y el 14%. No hubo resultados ajustados ni derecho al pataleo. Nadie pudo argumentar “empate técnico” ni alegar fraude electoral.

Evo Morales que, en su calidad de jefe de su partido, se había propuesto ganar siete de las nueve gobernaciones, tuvo que admitir su derrota incluso antes de que concluyera el cómputo electoral. Algo inusual en él, en todo caso. Con este revés en las urnas, el MAS está como el año 2005, cuando solo tenía tres prefecturas, aunque en 2010 subió a seis gobernaciones, mantuvo seis en 2015 y bajó a tres en este 2021. Si a este resultado se le suma la derrota en ocho de las 10 principales alcaldías del país, entonces estamos hablando de una disminución del poder regional del MAS.

Para consuelo de ese partido, los ganadores no pertenecen a la oposición tradicional y conservadora con la que se ha peleado durante los 14 años del gobierno de Evo Morales, salvo Santa Cruz y Tarija. En el resto del país han surgido nuevos liderazgos, muchos de ellos disidentes del mismo MAS que han sabido capitalizar el descontento hacia su partido.

La pregunta es por qué el MAS, que hace menos de medio año ganó la elección nacional con más del 55% de los votos, recibe ahora este mensaje tan fuerte. ¿Qué ha cambiado en estos pocos meses? 

La principal diferencia es que en la elección de octubre de 2020 no estaba Evo Morales y una buena parte de quienes apoyaron a Luis Arce estaban rechazando también el abuso y el autoritarismo del expresidente. Creyeron que sólo estaban apuntalando el proyecto de un tecnócrata capaz de sacar al país de la crisis (Arce) y de un indígena llamado a reconciliar al país (David Choquehuanca). Pero, una vez Arce en el poder, Evo Morales regresó al país, tomó las riendas de su partido y también del gobierno y empezó a ejecutar una sañuda venganza en contra de los opositores. Fue entonces que los nuevos electores del MAS vieron pasar ante sus ojos una película que creían superada que incluía el dedazo del jefe en la selección de candidatos, la confrontación como método y el ajuste de cuentas.

Precisamente por eso, los insistentes dichos de Arce que solo podría coordinar obras y la entrega de vacunas con autoridades de su mismo partido o que las vacunas no serían para los oligarcas jugaron en contra del MAS.

Tanto Morales como Arce se zambulleron enteros en la campaña electoral, incluso haciendo uso de recursos públicos, como es su costumbre, pero esta vez les salió el tiro por la culata porque ahora, más que sus candidatos, son ellos los principales derrotados y, a la hora de los ajustes internos, no debería pasarse por alto esta responsabilidad. La debacle del MAS empezó en el referéndum del 2016, se consolidó con la derrota de Evo Morales en las urnas en 2019, la que se intentó tapar con un fraude electoral que fue descubierto por la OEA. Esto indica que la victoria de Luis Arce el 2020 fue coyuntural, atribuida a la ausencia del ala dura del partido, pero también al deficiente gobierno de Jeanine Añez y a la crisis provocada por la pandemia. Es probable que muchos de quienes votaron por Arce estén ahora arrepentidos de haber creído en un nuevo proyecto político, cuando estaban votando por la misma forma de gobernar.

Por el bien del país, el MAS debería hacer un análisis profundo de los verdaderos motivos de su derrota electoral para, de esta manera, reencaminar y salvar el gobierno de Arce. No es ganando siete gobernaciones o aniquilando a los opositores que Evo Morales va a blindar la presidencia de Luis Arce como dijo en plena campaña, sino alejándose del partido y sobre todo quitando sus manos de las decisiones del gobierno, dejando que sean Arce y Choquehuanca los que conduzcan la recuperación económica y la reconciliación nacional, que son las dos tareas urgentes que demanda el país.

Las fichas del rompecabezas ya están en su sitio y, si no ocurre nada extraordinario, se quedarán así por los próximos cuatro o cinco años. Ahora es Arce quien debe decidir si quiere ser el presidente de todos los bolivianos o profundizar la polarización del país en contra de su propio liderazgo.

 

 

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