Editorial

Perú, la victoria del miedo

domingo, 13 de junio de 2021 · 05:15

Aunque aún no han sido emitidos los resultados finales, la victoria de Pedro Castillo, el maestro rural, candidato de Perú Libre, con un ajustado porcentaje sobre su adversaria, Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, parece inminente.  

Castillo saldría victorioso así en un ambiente polarizado, con poco poder en el Congreso, y en un país devastado por la pandemia y la crisis económica.

Saldría victorioso también de la campaña de terror que los sectores conservadores y empresariales peruanos, sobre todo capitalinos, llevaron adelante en las últimas semanas con la intención de evitar que se erigiera como presidente. Curiosamente, su polo opuesto y contendora, Keiko Fujimori, representante de una corriente autoritaria y populista de derecha, que había sido siempre repudiada por estos sectores, se convirtió gracias a ello y providencialmente en la “salvadora” de un Perú obligando a elegir entre dos extremos irreconciliables, como si no fuese suficiente la inestabilidad vivida en el último año, y la tensa división que signa a la sociedad peruana.

Ambos candidatos llegaron al balotaje después de una elección en la que nadie obtuvo un porcentaje representativo, pues el voto se retaceó en más de 10 candidaturas. Castillo obtuvo 18,9% y Fujimori 13,4%; es decir, casi el 70% de los peruanos no votaron  por ellos en la primera vuelta.

Producto de las amenazas difundidas para evitar “el retorno” del comunismo, la segunda vuelta ha puesto a los peruanos al borde de una crisis de nervios  y,  lo que es peor, con aprestos de confrontación, pues el racismo y el clasismo, que son expresiones frecuentes de las élites peruanas, se exacerbaron ante el virtual triunfo de Castillo. Tan es así, que incluso enemigos acérrimos del fujimorismo, como Mario Vargas Llosa y sus seguidores, se unieron a Keiko, ensalzándola como solución para el país, olvidando sus posiciones poco democráticas y avalando sus ofertas prebendales como el reparto de bonos a diferentes sectores si le daban su voto.

Los grupos corporativos mediáticos, especialmente la televisión, se jugaron también la vida por evitar la llegada el poder del temido maestro cajamarquino, Pedro Castillo, y auparon a una Keiko que no necesitó hacer ningún esfuerzo para mostrar por qué los peruanos podrían votar por ella. En realidad, la falta de un programa y de propuestas serias para encarar un país en crisis caracterizó a ambos candidatos. 

Como sostiene el politólogo peruano  Alberto Vergara, en un artículo publicado en el New York Times, “Los dos candidatos que llegaron a segunda vuelta asustan. Pedro Castillo postuló con el partido Perú Libre, cuyo ideario promete, sin rubores, un régimen leninista, y hemos oído a sus líderes afirmar que llegarán al poder para eliminar la alternancia democrática. Keiko Fujimori, por su parte, reivindica la dictadura corrupta de su padre, Alberto Fujimori, y en los últimos 10 años lideró Fuerza Popular, un partido cuyo compromiso más estable ha sido combatir el Estado de derecho”.

No son los mejores precedentes. A ello se añade que ni Castillo ni Fujimori hicieron en las semanas previas a la segunda vuelta ningún esfuerzo por mostrar un perfil reconciliador con la otra parte del país que no los apoya.

Después de una etapa de crítica inestabilidad, en la que el país llegó a tener tres presidentes en una semana, lo que más necesita el pueblo peruano son certezas y tranquilidad. Ambas cosas más bien les han sido robadas en las últimas semanas en las que cundió el temor por cualquiera de los resultados de la elección presidencial.

A Pedro Castillo le corresponderán ahora grandes desafíos. Por un lado, sacar adelante al país que sigue siendo azotado por el virus (Perú es el país con la tasa de mortalidad más alta del mundo en la pandemia), la crisis económica y la irreconciliable polarización; y por el otro, desterrar el fantasma de la inestabilidad política y el quiebre institucional.  Para ello se necesita grandeza y humildad. Es de esperar que el nuevo presidente peruano las porte consigo.
 

 

 

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