Editorial

Murillo y el poder de la vergüenza

martes, 8 de junio de 2021 · 05:15

Contratos dirigidos, retrasos administrativos, contradicciones en los montos adjudicados e incongruencias en los plazos de los procesos de contratación son parte de las irregularidades encontradas en al menos 30 contratos de la gestión de Arturo Murillo como ministro de Gobierno. Los recursos usados en  estas compras suman un total de 159,6 millones de bolivianos.

Informes del actual Ministerio de Gobierno dan cuenta de que en al menos nueve procesos de contratación hay indicios de que hubo un “direccionamiento” de las adjudicaciones, para favorecer a una u otra empresa. Entre estas contrataciones se encuentra la del caso   “gases lacrimógenos”, por el que  Murillo fue detenido en EEUU,  acusado de lavado de dinero y sobornos.  Es al parecer interminable el listado de irregularidades o delitos cometidos por esta exautoridad, mucho más allá de lo que el oprobio nacional causado por las revelaciones y acusaciones de la justicia norteamericana muestran.

A raíz de la caída del que fuera personaje clave del gobierno de transición, no faltan quienes digan que esto no es ninguna sorpresa, que todo esto ya se sabía... Pero, hay que precisar que en un país donde las acusaciones, procesos y detenciones nunca tienen como condición las pruebas ni la transparencia,  o más bien cuando incluso con pruebas nunca se concluye nada que no sea lo que a la justicia y al poder de turno le convienen, es difícil haber podido prever en su magnitud el daño que estaba haciendo al país. Sin embargo, Murillo fue uno de los ministros más criticados y denunciados estando en ejercicio; recordemos, por ejemplo que el caso gases, por el que ahora es procesado, fue cuestionado e investigado sin éxito; lo propio pasó con su intención de aprobar arbitraria e ilegalmente el traspaso de acciones de Elfec a Comteco (Cochabamba). Incluso los que tenían una mala opinión de Arturo Murillo, que debemos suponer que son muchos, están viendo sus peores apreciaciones superadas por la realidad. Ya sólo cabe preguntarse, ¿cómo es posible que a Jeanine Añez, o a quien sea que lo haya decidido al calor de esos días de euforia democrática, se le haya ocurrido elegir a Murillo para ministro de Gobierno? Y peor aún, ¿cómo es posible que Añez no haya visto a tiempo el daño que el ministro estaba causando a su gobierno y, como lo estamos viendo, a la democracia y a la imagen del país? No podemos olvidar que gracias a Murillo renunció al menos un ministro y que sus rencillas con otros fueron de conocimiento público. Sin embargo, nada ameritó que Añez le retire un ápice de su confianza.

El caso es que Arturo Murillo, que ya suficiente mal dejó a su gestión con sus bravuconadas del momento, había demostrado mucho antes de ser elegido como “poder detrás del trono” su histrionismo, racismo y misoginia. A nadie le son ajenos los recuerdos de sus odiosas declaraciones de sus tiempos de asambleísta. No son sólo millones en irregularidades sino golpes al pueblo boliviano en sus momentos de mayor fragilidad los que hay que cobrarle a este personaje.

Cabe, entonces, preguntarse qué hay de fatídico en ese puesto para que hayan pasado ahí personajes que se destacan por sus peculiares psicologías no sólo de los gabinetes a los que pertenecían sino incluso en el ámbito de la política. Si hacemos un poco de memoria no nos cuesta reconocer el ramillete, comenzando con fichas como Arce Gómez,  Sánchez Berzaín ... y otros. De ninguna manera pretendemos igualarlos. Incluso entre los malos hay grados y diferencias, pero no cabe duda de que o el puesto los tuerce o han sido elegidos por chuecos.

Lo que no se puede perder de vista, sin embargo, es que nada libera al presidente (o presidenta) de la responsabilidad de nombrarlos y mantenerlos. Al respecto, es pertinente recordar que no todos lo presidentes han tenido malos ministros de Gobierno ni ministros de Gobierno malos. Vienen a la mente Jorge Quiroga y Jaime Paz.

Como no habrá disposición que limite la libertad de un presidente de elegir a sus ministros, la experiencia de Arturo Murillo hace pensar si esa posición, con tanta autoridad sobre dinero y libertades, no debería ser objeto de un control de gestión por parte quizá de la Asamblea. Para pensar…

 

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