Editorial

Camacho y Arce, las caras de la confrontación

domingo, 26 de septiembre de 2021 · 05:15

Los actos por la efeméride de Santa Cruz fueron bochornosos. La wiphala que había izado el presidente en ejercicio, David Choquehuanca, junto a la tricolor, fue bajada. En el mástil de lado, un grupo de cruceños adicionó la bandera del patujú junto a la tricolor, tal como había hecho Choquehuanca con la wiphala. El gobernador Luis Fernando Camacho, durante su discurso, ignoró por completo a Choquehuanca, pese a que estaba en calidad de jefe de Estado interino. Para no saludarlo como correspondía, se dirigió a él como uno más de los “personeros de gobierno”. Y, al concluir su alocución, dio por cerrado el acto para no darle la palabra al mandatario, según dijo, para evitar una agresión a Santa Cruz.

Al margen de esos hechos que se vieron en los actos centrales, la plaza 24 de Septiembre fue un escenario de confrontación entre los que gritaban “¡fraude!” para que escuche Choquehuanca y los que coreaban “¡asesinos!” para que oyera Camacho. Incluso, el integrante del Conamaq, Iver Valenzuela, fue chicoteado por indígenas chiquitanos cuando había regresado a buscar la wiphala mancillada.

Todos esos hechos, que fueron alentados por Camacho y sus seguidores, son condenables y, en vez de aplacar los ánimos hostiles, contribuyen a exacerbar la confrontación de las autoridades cruceñas con el Gobierno central y con el MAS.

Pero, para entender el contexto de lo sucedido, hay que remitirse mínimamente al viernes 17 de septiembre, cuando el presidente Luis Arce inauguró la Feria Exposición de Santa Cruz, en ausencia de Luis Fernando Camacho. En aquella ocasión, Arce sacó su manido discurso del golpe de Estado provocando los ya acostumbrados coros de “fraude” contra “golpe”, entre los presentes.

“Los problemas de la democracia deben resolverse con más democracia, no con golpes de Estado, rupturas… ¡No con golpes de Estado, rupturas del orden constitucional ni gobiernos de facto!”, dijo Arce, en el corazón de la protesta social de 2019, que derivó en la caída de Evo Morales del poder.

Choquehuanca, que  suele ser conciliador, también hizo lo suyo. En la víspera de la efeméride, pidió “democracia sin golpes de Estado”, avivando nuevamente los ánimos ya caldeados de los dirigentes cruceños.

Y, desde Nueva York, Arce hizo su “contribución” al acusar a los comités cívicos (el de Santa Cruz en 2019 era dirigido por Luis Fernando Camacho) de haber perpetrado un golpe de Estado en Bolivia.

Para el 24 de septiembre, ya no eran brasas las que se atizaban, era una hoguera que ardía en plena plaza 24 de Septiembre, derivando así en una sucesión de actos abominables y para nada justificables.

Camacho centró su discurso en la persecución emprendida por el gobierno de Arce en contra de los actores de la protesta de 2019, defendió a los alcaldes Iván Arias y Manfred Reyes Villa, pidió que Jeanine Añez pueda defenderse en libertad y denunció el avasallamiento de tierras. Y, aunque no se dignó en nombrar al presidente interino presente en el acto, a él estuvo dedicado todo su discurso, el que coronó con esta frase: “Ya está de buen tamaño, tiene que parar la persecución, la detención arbitraria y la violación a los derechos humanos”.

Lejos de atender el pedido en tono de advertencia que lanzó Camacho, el gobierno de Luis Arce respondió con más amenazas de juicios, ahora por el ultraje a la wiphala e incluso por separatismo en contra de los miembros de la Asamblea Departamental de Santa Cruz, porque sancionaron una ley para designar representantes departamentales de altos cargos que dependen del nivel central, como Defensoría del Pueblo, Contraloría, Procuraduría y otros.

Está claro que el discurso del golpe que Arce no abandona ni en sus viajes internacionales  y la hostilidad de Camacho  están llevando al país hacia una confrontación que, llegado el momento, puede no tener punto de retorno. Alguien tiene que frenar esta locura que amenaza con embarcar al país en otra crisis parecida a la de 2019. David Choquehuanca era la esperanza, pero al parecer de los discursos no se atreverá a pasar.

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