Editorial

El encierro de la expresidenta

viernes, 14 de enero de 2022 · 05:15

La situación de la expresidenta Jeanine Añez, detenida en la cárcel de Miraflores desde marzo pasado, no es un asunto del que el país pueda enorgullecerse.

En una entrevista escrita a puño y letra y publicada recientemente por Página Siete, Añez deja traslucir su precaria salud física y emocional, y el estado de indefensión en que vive, que no guarda relación con los derechos que le corresponden ni como exmandataria de Bolivia ni como ser humano.

Añez respondió a numerosas preguntas realizadas por el periodista Juan Pérez, y en casi todas ellas se refiere con amargura a su paso por el poder. Habla de que probablemente muchos de sus colaboradores negociaron con la cúpula del MAS y que muchos de los integrantes de Demócratas (su supuesto partido) se aprovecharon de su inexperiencia para gobernar. Se refiere no sólo a Evo y Arce, también habla de Del Castillo y Eva Copa, y menciona especialmente la sed de venganza y odio del que dice ser una secuestrada más que una presa.

Se puede hilar bastantes conclusiones de lo escrito por la expresidenta Añez en esta extensa entrevista, pero la impresión que causa leerla es mayor. ¿Es este el resultado de una conquista democrática?, ¿se puede preciar de este apresamiento un país que dice respetar el Estado de Derecho?

Obviamente que esta interrogante puede causar respuestas opuestas. Hay quienes no solo consideran que a Añez le corresponden éste y peores tormentos, sino que piden la cabeza del ministro de Justicia, Iván Lima, por no haber sido lo suficientemente eficaz (e implacable) en la búsqueda de justicia para las víctimas de los hechos violentos de 2019.

Pero mientras estos clamores de justicia, sazonados en lo político con revanchismo y venganza, encuentran libre cauce, una parte de la sociedad civil también se conduele al presenciar los excesos a los que puede llegar el sistema cuando busca un chivo expiatorio que justifique la sed de poder y control.

Jeanine Añez no pasará a la historia como una presidenta votada, aclamada y quizás ni siquiera amada ni respetada. Hay casi un común acuerdo en lo polémica que fue su gestión; la misma que siendo producto de un descontento social con los excesos del poder, terminó convirtiéndose en más de lo mismo que renegábamos.

Sin embargo, la mujer que ahora está encarcelada con muestras evidentes de sufrimiento, maltrato, abandono de la justicia e indefensión, representó al país como su cabeza por casi un año y no lo hizo imponiéndose con balas y fusiles como las dictaduras de otrora. Fue convocada por un país que se afrentaba a una de sus peores crisis políticas luego de 14 años de mandato de una misma persona, la cual se negó a cumplir con los designios democráticos y sobre la cual pesaban sospechas de fraude.

Más allá de lo que fue el contexto histórico y las circunstancias que rodearon su paso por la presidencia de Bolivia, la pregunta que brota al ver la ruina y soledad de Jeanine Añez es si esto es lo que se llama “debido y justo proceso”; si esto es lo que corresponde a sus actos; si esto es lo que como precedente democrático queremos dejar como país y como legado a la sociedad.

Y es entonces que nacen las dudas: a Añez no se le ha dado la posibilidad de defenderse, no se la ha juzgado como una exmandataria y no se le da el trato que pudiera darse ni siquiera a un exdictador. Es simplemente abuso, menosprecio y odio, hasta se podría añadir que se llega a tales extremos por su condición de mujer.

Los delitos que pudo cometer Añez y su gobierno no tienen por qué ser olvidados ni prescritos, y corresponde que se esclarezcan las responsabilidades sobre la muerte de bolivianos y bolivianas a causa de la violencia de Estado, pero no puede considerarse un acto de justicia detener a una exautoridad y tenerla en las condiciones en las que se encuentra Jeanine Añez simplemente por anotarse un triunfo y fortalecer una narrativa conveniente.

El país, más allá de sus posiciones o inclinaciones políticas, no puede dejar de reclamar por este atropello que mella nuestra condición de seres humanos y deja una mancha oscura en nuestra democracia.

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