Editorial

Desinformación, el mayor enemigo público

jueves, 6 de enero de 2022 · 05:15

Dos años de pandemia nos han dejado muchas lecciones. A nivel sanitario, la certeza de que un virus puede ser transmitido con apenas hablar y convertirse en un mal global en menos de lo que tarda un suspiro. A nivel económico, el hecho de que la economía es absolutamente dependiente de los movimientos globales, de manera que un aleteo de mariposa en un extremo afecta de inmediato al otro: la economía mundial ha sido duramente golpeada y se está recuperando también gracias a soportes globales.

Pero eso no es todo. También este periodo pandémico nos trajo a la vista problemas que ya se perfilaban pero que terminaron haciéndose tan evidentes como invencibles. A tiempo que nos convencíamos de que este virus había llegado para trastocar nuestra realidad por otra, un fenómeno transversal se instalaba en el ecosistema humano: la desinformación.

Desinformación, manipulación de los hechos, malas interpretaciones intencionales o no, ha habido siempre, son parte del ADN humano y se han usado históricamente en beneficio de diversos intereses. Pero, justamente a partir de la entronización de las redes sociales en los hábitos de consumo de las personas, y aprovechando la supremacía de la intermediación tecnológica en nuestras comunicaciones, la desinformación se convirtió en el negocio más lucrativo.

Crear corrientes desinformadoras resultó ser fácil, barato y altamente rentable para posicionar dogmas, creencias, tendencias políticas y religiosas y, por supuesto, lucrar de todo lo anterior.

De esta manera, líderes políticos de izquierda y derecha sin discriminación; intereses corporativos de todo orden; e ideologías variopintas encontraron su piedra filosofal y se entregaron a capturar seguidores por cientos de miles, de modo que la desinformación venció abismalmente a cualquier otro esfuerzo de sensatez.

En este contexto, la aparición de un virus global fue como un fertilizante: crecieron las teorías de la conspiración y los extremos se encontraron paradójicamente en un mismo lenguaje.

El Covid-19 se convirtió en terreno común para que radicales de extrema derecha e izquierda compartan un solo credo y apunten juntos contra la ciencia, contra la prensa, contra los derechos humanos como un concepto de respeto al otro, y contra todo sentido humanista y universalista.

Las corrientes primero de incrédulos del covid, luego antitratamientos científicos y finalmente antivacunas han desarrollado al punto de ser muy poderosas en todo el planeta, y de haber eclipsado todos los esfuerzos para desarrollar una respuesta científica e incluyente ante la emergencia sanitaria.

De pronto, los más significativos avances en desarrollo de vacunas en la historia de la humanidad fueron reducidos a chips que controlan a los seres humanos como robots, en posibilidades de mutar en animales, o (los más sensatos) de morir por una reacción, negando todo lo que el desarrollo científico ha aportado a la salud pública.

Así, de un plumazo, la sociedad global parece haber decidido a desconocer la ilustración para volver al oscurantismo, con el orgullo de hacerlo en nombre de “salvar a la raza humana”. Increíble.

Entre las víctimas colaterales de esta corriente imparable están la convivencia social, el debate público, el pluralismo y cualquier apuesta por el sentido común y los matices. Pero también se puede contar entre los afectados al periodismo: la desinformación necesita, para vencer, atacar a la prensa seria, a los medios independientes, a los periodistas rigurosos, pues son ellos los que la ponen en evidencia. Es así que como nunca antes, casi como en épocas de dictaduras y totalitarismo, los medios de comunicación y los periodistas se han visto desacreditados, vilipendiados y perseguidos por el hecho de verificar y desenmascarar estas intenciones. Por ello es que estos primeros dos años de pandemia tienen como enemigo común a la desinformación: ha sido éste el periodo en el que de la sociedad del conocimiento y la información, nos trasladamos a la sociedad de la desconfianza y la desinformación.

¿Cómo superar este peligroso estado? Difícil, solo el pensamiento crítico podría salvarnos y eso, lastimosamente, no es una inversión para nadie.

 

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