Editorial

Juicio a Cristina Kirchner

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La Paz - lunes, 08 de agosto de 2022 - 5:00

Paradójicamente, el Gobierno argentino del que Cristina es vicepresidenta acusa a la justicia de su país de parcialización, persecución y falta de independencia. Es esa justicia la que está procesando actualmente a Cristina Fernández de Kirchner por corrupción.

La vicepresidenta llegó a este juicio procesada como jefa de una asociación ilícita, acusada por administración fraudulenta en perjuicio de la administración pública y por haber montado, junto a su esposo Néstor, “una de las matrices más extraordinarias de corrupción”.

El fiscal federal Diego Luciani encabeza el proceso por presuntas irregularidades en las obras públicas que el empresario Lázaro Báez recibió de 2003 a 2015 -durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner- para la provincia de Santa Cruz. Durante al menos nueve audiencias, que se están llevando a cabo de manera pública, los fiscales analizan 51 obras que fueron entregadas por la pareja de mandatarios a una misma empresa, sin presupuesto oficial y aprobadas en tiempo récord.

Aunque Cristina no asiste a las audiencias y el gobierno resta importancia al proceso llamándolo “un disparate judicial”, lo cierto es que este es quizás el peor momento en la intensa vida política de la actual vicepresidenta argentina.

Las acusaciones de tráfico de influencias, lavado de dinero y asociaciones ilícitas son de larga data para los Kirchner, pero este pleito está develando detalles que no son fáciles de soslayar ni para el Gobierno ni para Cristina.

Se acusa a Alberto Fernández de estar dejando sola a su vicemandataria en este entuerto, pero lo cierto es que aunque lo haga, las secuelas del mismo también le afectan. Fernández ha preferido tirarse un tiro al pie y decir que hace falta una reforma de justicia que él no hizo. “Nuestra justicia está deslegitimada y necesita, de manera urgente, una reforma profunda y democrática”, tuiteó en respaldo a Cristina.

De cualquier forma, en esta tormenta política, cuyo desenlace es difícil de prever, se pone en evidencia lo que es casi una práctica institucionalizada en América Latina: los contubernios entre empresarios y el Estado, aquellos privilegiados que acceden a millonarios contratos a cambio de “sensatos” reconocimientos políticos o económicos. Hacerse amigo del que manda es una premisa universal, pero en Argentina, como en muchos países, estas amistades cuestan millones a las arcas públicas, las mismas que, como se ve en este caso, no pueden satisfacer las necesidades más acuciantes de la población.

Lo más grave de todo es que para gobiernos populistas como el de Argentina, el voto, el respaldo popular lo justifica todo. Los Kirchner se situaron por encima del bien y del mal y los resultados saltan a la vista. En todo caso, es interesante que la justicia argentina lleve adelante un proceso que esperamos arroje resultados transparentes y veraces. La sociedad argentina se merece al menos eso.

Lo más grave de todo es que para gobiernos populistas como el de Argentina, el voto, el respaldo popular lo justifica todo
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