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Niños polleros, más niños sin derechos

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La Paz - martes, 24 de mayo de 2022 - 5:00

Son muchos los secretos a voces que necesitan ser gritados a la luz pública para impulsar, ojalá, algún cambio. Las víctimas son siempre los más vulnerables e indefensos. Los niños, por ejemplo.

El reportaje que el periodista Jorge Quispe realizó para P7-Plus Investiga, el servicio para suscriptores que lleva adelante Página Siete y que ha sido liberado para la audiencia en general este fin de semana, es un doloroso ejemplo de las formas encubiertas en que se ejerce la explotación infantil en Bolivia.

Según el testimonio de Quispe, en varias localidades yungueñas, que es una región avícola por excelencia, se usa mano de obra de menores de edad en condiciones riesgosas para su salud e integridad; a consecuencia de este trabajo –precariamente remunerado- muchos niños no asisten a clases y terminan abandonando la escuela. La situación de pobreza de las familias es un acicate para que estos niños y niñas sean incorporados a las tareas de pelado de pollo, que se realiza generalmente de madrugada y en condiciones inadecuadas. La mayoría de las granjas en las que se recluta a niños e incluso se los traslada de diversas comunidades, son ilegales, por lo que no cuentan con registro ni cuidado sanitario.

“La existencia de los pequeños peladores de pollos es un eslabón más en la cadena avícola, particularmente en los establecimientos clandestinos, según admiten granjeros, maestros y autoridades municipales. Ellos representan para los dueños de pollerías mano de obra barata y preciada porque al poseer manos pequeñas no dañan la piel de los pollos al sacar las plumas. La presentación de pollos limpios es vital para ganar más clientes”, menciona el reportaje.

De acuerdo con datos de la Asociación Municipal Única Productores Avícolas de Coroico (Amupac) hay unas 500 granjas avícolas en esa región y 150 son ilegales. No se sabe cuántas avícolas hay en Caranavi y también se desconoce el número de ilegales. No obstante, el responsable departamental de Sanidad Animal del Senasag La Paz, Marcelo Callisaya, informa que en los Yungas funcionan 353 avícolas legales, pero se desconoce la cifra de las ilegales.

Según algunas estimaciones de los dueños las granjas legales, en cada una de las ilegales llegan a contratar hasta cuatro niños por madrugada, por lo que en las 150 trabajarían más de 400 niños en Coroico y en las 15 ilegales de Chulumani otros 60. La mayoría son menores de 14 años, pero también hay otros de 15 y 16, confían algunos granjeros.

En Bolivia el trabajo infantil está naturalizado y respaldado en tradiciones y costumbres familiares en las que el concurso de todos los miembros de un hogar en el trabajo agrícola o cualquier otra fuente de sustento, es no solo permitido, sino alentado. Según los tratados internacionales suscritos por Bolivia, la edad mínima para que los menores puedan trabajar es de 14 años. Sin embargo, el 55,6% de los menores vinculados como fuerza laboral tienen entre siete y 13 años.

De acuerdo a la última Encuesta de Niñas, Niños y Adolescentes (ENNA), la cifra de menores de edad que son vinculados a la fuerza laboral alcanza a 724.000 si se suman los 321.000 adolescentes, entre 14 a 17 años, a los 403.000 niños de cinco y 13 años. De este total, 388.000 son varones (50,9%) y 335.000 mujeres (49,3%). De los 724.000 niños y adolescentes trabajadores, el 69.34% (502 mil) labora en el área rural y el 30.66% (222 mil) en el área urbana.

Lo más grave, y eso constata esta investigación, es el carácter de naturalidad e impunidad que tienen quienes usan la fuerza laboral infantil muchas veces con el respaldo de sus padres. Son, como dijimos, secretos a voces que deben ser denunciados para crear una conciencia que impida su normalización. El propósito del fondo de investigación de Página Siete es precisamente ese: develar situaciones que escondidas dentro de nuestra sociedad para contribuir a un mejor ejercicio de derechos de todos los bolivianos.

La situación de pobreza de las familias es un acicate para que estos niños y niñas sean incorporados a las tareas de pelado de pollo.
Lo más grave, y eso constata esta investigación, es el carácter de naturalidad e impunidad que tienen quienes usan la fuerza laboral infantil.
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