Desde el faro

Evo: ignorancia y fobias personales

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viernes, 25 de mayo de 2018 · 00:07

¿Dónde y por qué viven y se visten así? Fue la pregunta cargada de asombro que me hacía Florita al ver, por vez primera, una pantalla de televisión proyectando Ben-Hur, la clásica película de genero épico producida en 1959. Adolescente y con apenas dos años de instrucción, llegó en 1983 a la sede de Gobierno desde una provincia altiplánica. 

La gran ciudad,  además de temor, no daba tregua a su perplejidad. Se convertiría en trabajadora del hogar gracias a la gestión de una red familiar de mujeres que compartían similar destino. Lo cierto es que lo que ocurría en la caja mágica (TV), la historia del imperio romano y la emergencia cristiana sobrepasaba sus posibilidades de comprensión, dado el limitado mapa mental y de conocimientos que le impuso una vida de privaciones.  

La evocación de este hecho no es casual, ya que proporciona elementos para el análisis del lamentable discurso del presidente Morales durante el primer encuentro internacional de maestros de Latinoamérica. Evo, no sólo ironizó al confesar, muy suelto de cuerpo, que su padre “entregó un cordero a su maestro para que pasara a octavo curso”, sino que afirmó que “antes” la “educación estaba prohibida para el movimiento originario indígena, a los que aprendían a leer les sacaban los ojos y a los que aprendían a escribir les cortaban la mano”.

 Estas dos afirmaciones desataron una virulenta cadena de comentarios en las redes sociales, algunos irreproducibles por la carga de desprecio y racismo y otros que alimentan esta reflexión.  No corresponde ironizar o reaccionar visceralmente ante semejante torpeza. Al contrario, urge indagar por qué y los efectos de un discurso presidencial que, de manera recurrente,  combina ignorancia, demagogia y un cúmulo de resentimientos que no ha podido digerir en el plano personal y subjetivo.  Pese a su astucia e intuitiva inteligencia, Evo está privado de los elementos que le permitan ubicarse en el “aquí y ahora de su existencia y la de los demás”. 

Tiene trastocado el sentido del tiempo y del espacio respecto a los milenios que marcaron la accidentada historia y evolución de la humanidad. Su mensaje narcisista, lejos de abrir un horizonte pedagógico para entender el presente y proyectarnos al futuro, deforma los hechos y coloca sal a las heridas que la memoria larga de una historia colonial arrastra, y que el mal llamado proceso de cambio estuvo en condiciones de cicatrizar. 

Cierto o no, el castigo de extrema crueldad evocado tiene el propósito de avivar el resentimiento de quienes le profesan una fidelidad casi religiosa. Con su mensaje y la machacona referencia a un “antes oprobioso” congela la historia, apunta a los villanos de antes y los que ahora los representan, para negar el efecto acumulativo de avances registrados durante el siglo XX, avances que lo incomodan y a los que concibe de manera caricaturesca. 

Pese a contar con un entorno de eruditos, con probado exceso de neuronas, Evo lanza una gran mentira o una seguidilla de medias verdades con tal ligereza que ya ni sorprende. 

No menciona la experiencia educativa de la Escuela de Warisata, el legado de la Código de Educación impulsado por la Revolución del 52, ni la instauración de la educación bilingüe, impulsada durante la década de los 90 en una democracia  que de manera sistemática sataniza. 

La ignorancia resulta atrevida y a estas alturas la victimización, la conmiseración y la confrontación ya no funcionan.  Resulta preocupante su incapacidad de diferenciar con mayor objetividad su propia experiencia de vida y los problemas de la Bolivia contemporánea.  

Por ello, no debiera extrañar ni ser motivo de burla escucharle decir que “nuestros antepasados” derrotaron a “los imperios inglés y romano”. Con matices, al igual que Florita, es prisionero de las limitaciones cognitivas y emocionales de su entorno originario y del sindicalismo cocalero que modela su personalidad. 

Centrado en su fobia antinorteamericana y la consigna “kawsachun coca, wañuchun yanquis” (viva la coca, mueran los yanquis),  hay otros países cuyas lógicas imperiales comienzan a doblegarlo. Su acercamiento entusiasta a China, Rusia, Bielorrusia e Irán y el tufillo militarista de sus acuerdos así lo certifican.
   

Erika Brockmann Quiroga es politóloga y fue parlamentaria.

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