Desde el faro

21F y fraude: fantasmas testarudos

viernes, 24 de mayo de 2019 · 00:11

Las díscolas declaraciones de Luis Almagro en Argentina inspiran esta nota.  Afectado por una amnesia selectiva, no sólo olvidó la opinión jurídica de la Comisión de Venecia que él mismo solicitara, sino también las estridentes y ofensivas acusaciones que, a “tuitazo” limpio, Evo y sus voceros lanzaran en su contra. Ya frente al gobierno de  Macri recuperó súbitamente la memoria al reiterar que la reelección indefinida no es un derecho humano,  explicando y complicándose en el intento de justificar su posición jurídica.  

Los que antes lo aplaudían no ocultan su indignación y los que lo denigraban lo premian con festiva algarabía, ¡y resulta que ahora intenta convencernos que no sabía que la guirnalda de bienvenida era de coca chapareña!  Fue contraproducente escenificar su fugaz visita multipropósito en Chimore. Sirvió para recordar al país y a la comunidad internacional un dato irrefutable. El poder de Evo Morales nació, se irradió y ahora se reduce gradual e inexorablemente a un territorio sin otra ley que la de los sindicatos cocaleros que él preside y cuya influencia en asuntos de interés nacional es evidente.  

Desmontado el teatro de operaciones envolvente destinado a bendecir al binomio ilegal e ilegítimo, queda claro que la conmoción producida por la actuación  de Almagro atizó el fuego del movimiento  de defensa del voto del 21F. Más que crispar el ánimo de la “clase política” opositora,  inyectó una dosis de adrenalina  a cientos de miles de ciudadanos que votaron NO a la reelección; sectores de una sociedad intoxicada por la corruptela y la  trama narcopolicial-judicial-política  que inunda la cartelera informativa. 

Y es que a cinco meses del 20 de octubre, el efecto Almagro malogra  el ya escarpado terreno por el que transitan y compiten entre sí los candidatos opositores. Todas las encuestas indican que de concentrarse el voto opositor llegaríamos a una segunda vuelta, y que la convergencia unitaria dependerá del voto ciudadano y no de la articulación de un bloque en torno a una candidatura única. En realidad, avizoramos una carrera polarizada siendo evidente que no es ni será la hora de  aquellos binomios que  disputan el voto residual,  aún a riesgo de perder la sigla partidaria. 

Pese a la imposibilidad señalada, hay tareas a encararse unitaria y rigurosamente. Una de ellas tiene que ver con el operativo de control electoral en las miles de mesas de votación ese 20 de octubre, acción cuya contundencia pasa por movilizar a la ciudadanía y por constituir una plataforma interpartidaria en red  para registrar el cómputo de resultados de actas oficiales verificadas en mesa y de las impugnaciones que correspondan. 

El segundo reto pasa por diseñar una estrategia territorial opositora convergente para evitar la dispersión del voto en las 63 circunscripciones uninominales que por mayoría simple podría favorecer al MAS. Ingeniería electoral compleja que, además de generosidad, exige una visión estratégica, inteligente y colaborativa  de la dirigencia política del bloque opositor. ¿Será una petición ingenua y pretensiosa?

La tercera tarea consiste en encarar una machacona campaña destinada a denunciar ante Bolivia y el mundo el cotidiano uso y abuso de los recursos públicos  bajo la batuta de un  caudillo que ejerce sin límites y clientelarmente su sol de presidente/candidato.   Y es que el camino al fraude con sello populista está empedrado de prácticas que  cualquier régimen electoral tipificaría como delitos electorales desde el momento de convocatoria al proceso electoral. 

El fraude no será convencional, los resultados electorales serán expresión del efecto acumulativo y distorsionador, del sistemático accionar prebendal y amenazante tan  arraigado en la cultura política  del oficialismo y de  la dirigencia de Conalcam, así como del aparato de propaganda  focalizada en  reproducir el poder a cualquier costo; aunque no puede hacerlo todo y el paso de Almagro dejó un manto de dudas empañando la credibilidad de la misión de observación electoral de la OEA. Misión que deberá tomar nota de la desigualdad de condiciones de competencia electoral, así  como de la crisis y desmantelamiento del Órgano Electoral, de su probada sumisión a los designios del núcleo de poder gobernante. 

Hoy, como nunca antes, el fraude “plurimodal” es un fantasma que se instala testarudo en el imaginario de la gente. Eso es grave.

 

Erika Brockmann Quiroga es politóloga y fue parlamentaria

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