Editorial

La clausura del año escolar

miércoles, 5 de agosto de 2020 · 00:15

La inesperada decisión del gobierno de clausurar el año escolar cayó como un balde de agua fría sobre alumnos, padres de familia, profesores y propietarios de colegios privados. La conmoción fue tal, que la oficina de NNUU en Bolivia pidió a las autoridades revisar su decisión. El gobierno aumentó la confusión en dos momentos: al anunciar la clausura, tres autoridades dieron tres razones distintas: una fue el rezago tecnológico que vive el país, la otra se basó en las amenazas de los sindicatos de maestros y la tercera, en los riesgos para la salud de los alumnos si es que se reponían las clases presenciales.

Al día siguiente, es decir el lunes, la confusión persistió porque el ministro de Educación, Víctor Hugo Cárdenas, dijo que los colegios podrán seguir dando clases virtuales y que habrá también educación a través de los medios de comunicación estatales. Hasta ahora no se ha difundido el decreto supremo que norma esta medida, por lo que la desorientación es evidente. No se sabe con precisión si es que los establecimientos que procedan a continuar dando clases virtuales lo harían de manera voluntaria, solo como clases de reforzamiento, o si en esos casos el año lectivo continuaría, por lo tanto, los estudiantes tendrían que seguir estudiando para poder pasar de curso.

La otra confusión ocasionada por las autoridades es qué pasará con los profesores de los colegios particulares: si no hay clases obligatorias, los padres no pagarán las pensiones y, con ello, los establecimientos no podrán pagar a los maestros. ¿Estarán sin ingresos hasta febrero del próximo año cuando se espera puedan volver las clases? No lo sabemos. Cárdenas habló de un ambiguo “acuerdos entre partes”.

  Bolivia es el único país del mundo que ha clausurado su año escolar. La mayoría de los países cerraron los colegios, pero no el proceso educativo, que siguió de manera virtual, con mayor o menor éxito. Bolivia lo hizo entre este último grupo. A casi cinco meses de haberse asumido la decisión de que no habría clases presenciales, el Ministerio de Educación no presentó guías concretas a los alumnos y maestros de cómo debían realizarse las clases.

La educación quedó al arbitrio de los directores de colegios privados y maestros fiscales, algunos de los cuales se dieron modos para seguir enseñando, con mucho esfuerzo. Los establecimientos con mayores recursos lograron mantener un buen ritmo, ya que casi todos los profesores y alumnos tenían una computadora en casa y servicio de wifi. Pero la gran mayoría encontró dificultades enormes para desarrollar ese proceso y en muchos casos las tareas se enviaban por WhatsApp, haciendo enormemente difícil el proceso de enseñanza-aprendizaje. Si muy pocas familias de las áreas urbanas tenían una computadora en casa nos podemos imaginar la situación de las de las áreas rurales.

Así que si la primera responsabilidad de este fracaso estrepitoso lo tiene el gobierno, otro “responsable” fue el subdesarrollo. La pandemia demostró las grandes dificultades de acceso a tecnología de la población, que se basa en la pobreza generalizada del país, además de las promesas incumplidas o falsedades del régimen del MAS: al final el satélite Túpac Katari no sirvió de nada y las computadoras Quipus jamás se usaron.

Un tercer factor fue la actitud de los maestros fiscales. Su poderoso sindicato se puso, como siempre, del lado del oscurantismo y el retraso. Sus dirigentes se opusieron a cualquier iniciativa destinada a dar clases virtuales, pero tampoco aceptaban, lógicamente, las presenciales. Luego amenazaron con manifestaciones  y advirtieron con procesos sindicales a los maestros que aceptaran los cursos de capacitación ofrecidos por las autoridades. En buena parte, a ellos, les debemos esta derrota de la sociedad.

De inmediato, el gobierno debe aclarar qué pretende hacer con la educación y, por el bien de todos, esa claridad tiene que ver con retroceder en la clausura y dar condiciones para que los niños y jóvenes continúen su formación  virtual o a distancia, algo que se debió hacer desde hace cinco meses.

 

 

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