Fernando Salazar Paredes 

El lamento boliviano y los enanitos azules

lunes, 5 de octubre de 2020 · 00:12

Lamento boliviano es una muy conocida canción popularizada allá por los años 90 por el famoso grupo rockero argentino Enanitos Verdes; es uno de los temas más populares del denominado rock latino.

Se trata de una canción que refleja el lloriqueo por un amor no correspondido de un hombre borracho, loco y desolado que siempre amará a su “nena”.  La única referencia a nuestro país es cuando el protagonista describe su situación: “Soy como un lamento; lamento boliviano, que un día empezó y no va a terminar, y a nadie hace daño”. 

Evo Morales, apenas huyó del país y se refugió en México, contó que cuando era niño, sus profesores le hacían cantar el tema Lamento boliviano. La prensa mexicana criticó el “cuento” de Morales, aduciendo que era absolutamente imposible que la canción haya existido en su niñez, ya que cuando el tema musical saltó a la fama él ya tenía 35 años de edad.

Este grosero invento del expresidente y muchos otros faux passes le intimaron a dejar México, irse a Cuba y terminar en Argentina, donde sí debe estar experimentando un lamento, como el que describe la canción.  Con Morales en su territorio, el Gobierno argentino ha optado por una actitud beligerante y pendenciera en su relación con Bolivia, al extremo de expresar formal y públicamente que no tiene relaciones con Bolivia.

Dignamente, la presidenta Añez, en la Asamblea General de la ONU, expresó: “Denunciamos ante el mundo el acoso sistemático y abusivo que ejerce desde Argentina el gobierno kirchnerista contra las instituciones y contra los valores republicanos en Bolivia.  No tenemos nada contra el noble pueblo argentino. Es más, es una nación que valoramos y queremos como se quiere a un hermano.  ¿Cuál es la autoridad que tiene el Gobierno argentino para hacer de la intromisión la clave de su política exterior hacia Bolivia?, ¿cuál es la autoridad que tiene para amparar una conspiración violenta de Evo Morales contra la democracia boliviana desde suelo argentino?, y peor aún, ¿cuál es la autoridad que tiene el Gobierno argentino para ofrecer impunidad a Morales ante casos tan graves como las investigaciones nacionales e internacionales que están en marcha contra este exdictador?”.  La respuesta argentina no se dejó esperar:

 “La Cancillería argentina lamenta que la señora Añez haya insistido en procurar involucrar al Gobierno argentino en la política interna de Bolivia”.  Y, en una nueva y evidente muestra de intromisión en los asuntos internos de Bolivia, añade: “Esperamos pueda concentrar su energía en la realización de las elecciones presidenciales libres y transparentes del próximo 18 de octubre”.

 No obstante  este lamento argentino, miembros del Partido Justicialista, como Mashur Lapad, sostienen que “el asilo dado al expresidente Evo Morales originó el distanciamiento de ambos gobiernos”.

 La Argentina de la Kirchner –porque Fernández es sólo un arlequín que repite un libreto preestablecido– se ha convertido en una cátedra de poder político, asentada en la supuesta invulnerabilidad de las autoridades requeridas de ser procesadas judicialmente por delitos comunes, y demuestra, con claridad incuestionable, la razón de ser del liderazgo del cártel del internacionalismo seudo-socialista: vaciar, literalmente, los fondos estatales para privatizar su ideología y organización políticas.  Pero, como dice la canción de los Enanitos Verdes:  “Adentro hay un volcán que pronto va a estallar”, igual como lo hizo en Bolivia.

 Hay algo contrapuesto, entre el lamento boliviano “que un día empezó y no va a terminar y a nadie hace daño”, y el lamento de los que quieren hacernos creer que fueron honestos y transparentes.  Ellos sí, lloran.  Su llanto se escucha aquí y allá, lloran porque fracasaron y creen que los millones escurridos en la sombra los consolarán.  Es fácil ver que no, y mientras más claro se ve, más fuerte es el llanto.

  Los Enanitos Verdes tienen más de 40 años de músicos desde que de Mendoza los llevaron a todos los escenarios mundiales.  El gran público sólo les dio reconocimiento y aplausos, pues su arte comunica sin condiciones.

 En la otra vereda, el “Club de los enviados cósmicos”, ávidos de un poder permanente e indefinido, eligió disfrazarnos de “golpistas”.  Sí, a nosotros, a los ocho millones de bolivianos que paramos por 21 días para destronarlos.  Son enanitos y azules y sólo cantan a la “nena” que los llamó para consolarlos.  Es posible imaginar que desbrozan su creatividad y saña para enseñarle cómo resultar indemne de una o muchas causas. 

 Volvamos al lamento boliviano.  El boliviano hoy es libre y su música hace bailar en libertad al voto; el voto del joven que descubre que ser patriota no obliga a cargar color de partido; al adulto que conserva el empleo sin tener que rendir pleitesía al tirano; a los confundidos que saben, por fin, que la generosidad estaba exclusivamente tabulada para exprimirles votos. 

Los socios transnacionales de los enanitos azules, expertos en conseguir votos cada cinco años y crear ejércitos de control ciudadano, creen ingenuamente que el mundo sigue igual, que nada ha cambiado.  La sociedad, congelada por meses de pandemia, aprendió a ver con claridad y espontaneidad de qué sirven sus Estados.  De muy poco, si no ejercen la libertad como el principio número uno de la vida en democracia.

 

Fernando Salazar Paredes  es abogado internacionalista.
 

 

 


   

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