Fernando Salazar Paredes

El Silala, los ciegos y el mantra masista

lunes, 24 de febrero de 2020 · 00:10

En el lejano Afganistán había una ciudad en la que todos sus habitantes eran ciegos. Un día llegó un rey, montado en su imponente y afamado elefante, y acampó en las afueras de la ciudad. Todos querían “ver” al elefante, por lo que muchos ciegos  se precipitaron al encuentro de la visita real. 

Ver, para ellos, era tocar. No conocían la forma ni aspecto de la bestia. Apelaron a su tacto: tantearon partes con curiosidad y sorpresa. Un animal sereno, pero torpe, no hacía fácil la tarea. Al terminar, todos pensaron que sabían algo porque habían tocado una parte. La comunidad se reunió y las preguntas iban y venían, tratando de mitigar la curiosidad que causaba este majestuoso animal del que tanto habían escuchado. Ante decenas de preguntas que cuestionaban percepciones, medidas, olores y otros, todos trataron de fisonomizar sus recuerdos de cuando habían tocado, o “visto”, al elefante.

 El ciego que había tocado la oreja contó: es una cosa grande, ancha y gruesa como un felpudo. El que había palpado la trompa dijo: Yo toqué todo su cuerpo, es como un tubo recto y hueco, se mueve como serpiente y moja. Aquel que había examinado las patas del paquidermo, expresó: Es poderoso y firme como un pilar. El ciego que había palpado del vientre del animal, decía que era como el más grande tonel que imaginaron…

Cada ciego describía lo que había palpado. Su percepción no los engañaba. Ninguno, empero, había sido capaz de tocar todo por lo que “su” elefante era, en realidad, una sección del animal, sólo una parte… de ahí que para cada uno se trataba de un elefante diferente. Esta conocida fábula  me trajo a la mente el dilema boliviano del Silala, que es como un elefante del que muchos “ciegos” pontifican sobre un tema que, en realidad, no conocen en su totalidad.

Si bien la historia comienza más de un siglo atrás, en el pasado inmediato adquiere calidad de demanda y quien amenaza públicamente presentarla ante los tribunales de La Haya es Evo Morales. Después del anuncio, el entonces canciller Choquehuanca morijera su alcance y potencial efecto señalando que se tardaría dos años en prepararla.

No es nada serio anunciar una demanda por cálculo político –tratando de sumar para perpetuarse en el poder– cuando se carece de fundamento técnico, respaldo jurídico y otros. Pero el anuncio de la “denuncia” estaba hecho y el principal inferido, Chile  sí había realizado peritajes técnicos, jurídicos y, por ello, se adelantó y presentó la demanda. Bolivia pasó de denunciante  a denunciado. Sólo entonces el gobierno identificó y contrató estudios que correrían en los límites de los exiguos tiempos judiciales.

En el escenario de los medios de comunicación, que constantemente sopesan y pulsan el estado de diversos temas nacionales, el exagente boliviano –un alfil condescendiente a la cúpula del MAS–, confrontado por la Cancillería de haber actuado reñido con los intereses nacionales, quiere disminuir y, si posible, anular su responsabilidad intrínseca y emerger virginal, señalando que lo que se necesita es “evitar la especulación”. 

La única manera de no especular, se produciría, como él mismo ha dicho, con “la importancia de abrir la información”; no obstante, y de manera contradictoria, también señala que “estas revelaciones del contenido de la memoria boliviana resultan inoportunas y sobre todo muy poco profesionales”. 

Como los ciegos de la fábula, el exagente sólo se aboca a una parte del problema y quiere deshacerse de lo que le pesa, del resto que se tornó complejo y delicado. De hecho, él fue una decisiva y decisoria parte del descalabro, que ahora revela índices intransigentes de incompetencia, supuestos y una serie de procedimientos sin cautela, ni respaldo que pueden ser evocados en lo que se convirtió en el mantra de la administración masista: “meterle nomás”.

La revelación técnica y jurídica de que la gestión del exagente boliviano que se dio, al decir de varios diputados potosinos, con “traición a la patria”, no es una especulación, es un “abrir la información”. Señalar esta debilidad hará que nunca más se actúe en la intemperie técnica y jurídica y se defiendan descaradamente actos fallidos, porque este no es un país de ciegos.

Coincidentemente, el diputado Víctor Borda, que muestra un afán intemperante de lo que él concibe como  intereses nacionales, a inicios de octubre del 2019  vociferaba que la entonces oposición era “incoherente” y “pro-chilena” por solicitar informes y buscar a los responsables del fallo adverso de La Haya. Ahora, Borda, desde la oposición, quiere engañar a la opinión pública al “denunciar” de que se debería interpelar a la canciller Longaric por “abrir la información”. 

Como en la fábula, tan sólo conoce una parte de la temática, aquella que sirve a sus intereses mezquinamente partidistas. No se da cuenta de que actúa en un medio donde los ciegos ahora son los menos. 

Esta es una conducta disociada. Aunque la presentan como “política”, es falaz y torpe. Una tramoya de apariencias. El exagente y sus antiguos socios de partido reclaman por supuestas “revelaciones de contenido de la memoria boliviana” que, en realidad y hace más de un año, fueron publicadas y glosadas en Bolivia y en Chile, haciendo coincidentes las declaraciones de Evo Morales con las del canciller chileno Roberto Ampuero. 

La canciller boliviana actuó, entonces, de manera muy profesional y, por supuesto, leal al país, abriendo la información que todos conocían para que, de una vez por todas, se deje de engañar al pueblo potosino. 

El equilibrio es megalómano, pues, como se ve, actor y defensor del segundo gran fiasco en La Haya  huyen de sus responsabilidades directas ante la sola posibilidad de abrir el sombrero del mago, que resultó ser el depósito de sus decisiones y acciones insensatas y ocultas. Y, claro, también de nuestras frustraciones.
 
Fernando Salazar Paredes es abogado internacionalista.

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