El satélite de la Luna

Elecciones corridas

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sábado, 17 de noviembre de 2018 · 00:12

En los últimos 13 años en Bolivia hemos tenido la friolera cifra de nueve elecciones; como quien dice: elecciones corridas, una tras otra. 

Esa expresión, “elecciones corridas”, me ha inspirado una metáfora que consiste en describir las elecciones como una “corrida”, ese polémico y controvertido espectáculo de la cultura ibérica que lleva a un hombre, el torero o matador, a enfrentarse con un toro bravo, para diversión de la plaza, pronta a aplaudir, aprobar y saludar una faena exitosa con pañuelos blancos. 

Muchos consideran a ese espectáculo un ejemplo de barbarie, debido a que, en medio de la algarabía de la gente, la corrida suele terminar con la muerte del toro, excepto cuando éste, por su bravura, es indultado y regresado a los corrales como semental (a formar cuadros, se dice en política). Al contrario, las elecciones transforman a los habituales amantes de la anarquía y la anomia que somos los bolivianos en la vida diaria en civilizados ciudadanos de Suiza que exigen la pulcritud de los procesos electorales y el respeto a la voluntad popular. Y, ¡ay del que haga fraude! 

Cada corrida tiene su presidente, no siempre neutral, y  los encargados de hacer cumplir las reglas. Para hacer cumplir reglamentos y resoluciones se tiene  también un Tribunal Supremo Electoral y una justicia que casi nunca es neutral.

La lidia empieza con el “paseíllo”, o sea el desfile de los participantes; las elecciones arrancan con las Primarias, la presentación y selección de los candidatos y sus allegados.  

El desarrollo de la corrida se realiza en tres tiempos, o “tercios”. En el primer tercio se “pica” al toro para medir su bravura y ajustar la estrategia del torero a la agresividad del animal. Del mismo modo, en los procesos electorales, las encuestas son los “puyazos” que van promoviendo y descartando candidaturas y diseñando estrategias electorales.

Una vez “tomada la horma” al toro, en el segundo tercio entran en escena los banderilleros, cuya función es plantar en la espalda del toro coloridas varas de madera con fines sobre todo provocativos, buscando enfurecer al toro y nublarle la vista. En el actual proceso electoral, tanto los banderilleros oficialistas, como los opositores han estado muy activos en este tercio. Un primer grupo de banderilleros masistas fue el consorcio de los Quiborax, cuyas banderillas, que tenían como destino al opositor Carlos Mesa, rebotaron e hirieron a los mismos ineptos banderilleros. 

Recientemente ha entrado al ruedo una comisión de banderilleras, las “Castelanas de Areia”, blandiendo unas astas retorcidas y deleznables. Nada raro que terminen avergonzadas como los Quiborax. Por el lado de la oposición, hay varias agrupaciones de banderilleros –“Plataformas ciudadanas” les dicen– que no cesan de hostigar y enfurecer con varas muy puntiagudas, marca 21F, al toro viejo que, si se respetara la voluntad del público, ni siquiera debía haber ingresado a la arena. 

Finalmente, se pasa al “tercio de la muerte”, durante el cual el torero, antes de acabar con el toro, agita capas de color para desgastar aún más al bovino, provocando vigorosas y estériles embestidas. En las elecciones esas embestidas son los escándalos, verdaderos o falsos, que los buenos estrategas de campaña (al igual que los buenos toreros) saben dosificar para no aburrir al público o ningunear al toro. Cuando el matador cree que el toro está lo suficientemente amansado, alista la espada para la estocada final. 

Precedido de un tenso silencio llega el momento de la verdad, que en el proceso electoral corresponde a la hora del escrutinio. El resultado democrático consagrará al candidato ganador que será sacado en hombros en medio del aplauso de la plaza.

 

Francesco Zaratti es físico y analista.

Twitter: @fzaratti 

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